Cinco paradas para almorzar como un valenciano de verdad, lejos de la foto con paella
Desde el esmorzaret con cerveza hasta las clótxinas del Cabanyal: un recorrido por bares con dirección, plato recomendado y la mejor forma de llegar desde Buenos Aires. Incluye una bodega local poco conocida y el mes ideal para visitar la ciudad.
Te imagino bajando del taxi en una calle angosta del Cabanyal a las once de la mañana. El olor a mar todavía no se mezcló con el de la fritura, y ya hay una barra de mármol esperándote con aceitunas, cacahuetes del collaret y un bocadillo cortado por la mitad. Eso es el esmorzaret, el almuerzo valenciano que se estira hasta cerca del mediodía y que nada tiene que ver con un brunch: es más simple, más directo y mucho más baratón. Sale, en euros, entre 8 y 12 por persona con la caña incluida. Y el cierre es siempre igual: un cremaet, que es el carajillo de la zona, con café, licor y un toque de canela o piel de limón.
Dónde sentarse para arrancar el día
- La Pascuala, Dr. Lluch 299: clásica, animada y con buen pan.
- Marvi, Justo y Pastor 14: apostada por el puerto, ideal si venís caminando desde la playa.
- La Peseta, Cristo del Grao 16: una de las más queridas por los vecinos.
- La Pérgola, Paseo de la Alameda 1: si preferís sombra de árboles centenarios.
- Alhambra, Calixto III 8: sumá su tortilla de papa, es de las que se recuerdan.
Después del primer café hay que caminar unos veinte minutos hasta el Cabanyal-Cañamelar, el barrio de las fachadas altas y coloridas que sobrevivió al urbanismo moderno. Ahí te espera la titaina, que para mí es el verdadero plato identidad del barrio: pimiento rojo asado, tomate, ajo, aceite de oliva virgen, piñones y un trozo de ventresca de atún salada que le cambia el carácter. Acompañala con una copa de vino blanco de la tierra, de la bodega que te recomiendo más abajo, y vas a entender por qué esta zona se llenó de tabernas históricas.
En la calle José Benlliure, casi esquina con la plaza del Mercado, funciona Casa Montaña desde 1836. Es de esas tabernas con toneles apilados al fondo, azulejos viejos y una barra donde atienden como si te conocieran de siempre. Pedí las anchoas del Cantábrico para abrir, después unos michirones estofados (habas secas con salsicha) y, si te animás, el atún rojo del Mediterráneo marinado con siete especias. El ticket ronda los 25 a 30 euros por persona si compartís un par de platos. Antes de ir, tené en cuenta que abre solo al mediodía y a la noche, y los fines de semana suele haber cola: llegá antes de las 13 o reservá.
El barrio del Carmen y las recetas de huerta
Al otro extremo del casco histórico, el Carmen tiene otra textura. Sus calles son más angostas, con sombras frescas en verano y olor a leña en invierno. Ahí, en la calle Salud, está Tasca Ángel, un lugar donde las sardinas a la plancha con aceite, ajo y perejil se sirven como si fueran una declaración de principios. La carta sigue con sepia en su tinta, caracoles a la valenciana, callos y mollejas de cordero. Una visita honesta para entender la cocina popular sin poses.
Si te interesa meterte en la cocina de la huerta, hay dos nombres que vale la pena anotar. El primero es Anyora, que trabaja el figatell: una especie de embutido hecho con tocino magro, hígado de cerdo y envuelto en una membrana llamada redaño. El segundo, si querés sentarte y que te sirvan plato del día, es Ultramarinos Huerta, en Carrer del Mestre Gozalbo 13. Es también tienda de vinos, conservas y quesos, pero tiene una barra donde comer croquetas caseras, albóndigas en salsa y canelones de la abuela. Una mezcla rara, que funciona.
Toda esta variedad no es casualidad: nace de la huerta que rodea la ciudad, del mar Mediterráneo que entra por la Malvarrosa y de la Albufera, el lago de agua dulce donde nacen los arroces Bomba, Senia y Albufera, según el Trabajo Técnico al que recurrí. De ahí vienen también dos clásicos que conviene probar al menos una vez: el all i pebre (un guiso espeso de patatas con mucho ajo y pimentón, al que se le puede sumar anguila o rape) y el arròs amb fessols i naps, arroz con alubias y nabos que se come los días fríos. Las dos preparaciones se sirven en muchos bares de pueblo a las afueras, yendo por la carretera CV-500 en dirección a El Saler o Sueca. Para trasladarte desde Buenos Aires, la opción más cómoda es vuelo a Madrid y de ahí un AVE de unas dos horas y media hasta la estación Joaquín Sorolla. En euros, contar unos 350 a 500 por la conexión aérea desde Ezeiza más el AVE.
Una recomendación menos conocida: Alejos, una bodega familiar de la DO Valencia, ubicada en el término de Camporrobles, lejos del circuito turístico. Trabaja con la variedad bobal y sale al mercado con un tinto joven, de fruta roja y tanino amable, ideal para maridar titaina y embutidos. No tiene hospedaje, pero la visita a la bodega se puede combinar con una parada en Utiel, pueblo con bodegas históricas que suelen ofrecer catas a 10 euros por persona. Queda a poco más de una hora en auto desde la capital.
Mejor época para ir: marzo, abril, mayo y la primera quincena de octubre. En esos meses la huerta está llena, la temperatura ronda los 20 grados y los arroces y guisos de cuchara conviven todavía en la carta. El verano es agradable pero apretado, y el enero y febrero tienen días cortos que cambian el ritmo del esmorzaret. Si te decidís por Semana Santa o por las Fallas, reservá con tiempo: los bares del centro se llenan y los precios suben hasta un 20 por ciento.
