Crecer con Naruto en la tele o en el cable: así explica un estudio el aguante emocional de los millennials argentinos
Una investigación reciente revisó cómo la serie japonesa influyó en chicos que hoy rondan los treinta y tantos y por qué muchos de ellos identifican ahí parte de lo que son.
Arrancamos por una imagen que varios de ustedes seguro guardan: la de un sillón de living, una tele de tubo todavía no del todo domada por el control remoto y la voz de Walter Y dénle para todos los gustos abriendo el bloque, mientras en la pantalla un naranjito con cara de pícaro y una cicatriz en forma de rayo en la mejilla izquierda corría por un techo de paja persiguiendo a un ninja más grande. Esa postal hogareña, repetida miles de veces en casas de clase media de Buenos Aires, Rosario, Córdoba o Mendoza a principio de los dos mil, es también - según un estudio publicado a fines del año pasado - una de las explicaciones posibles de por qué un montón de adultos argentinos de entre cuarenta y sesenta años, más o menos, parecen haber desarrollado una capacidad singular para levantarse cada vez que la vida los tira al piso.
El trabajo al que me refiero lleva por título Naruto: Un estudio sobre la resiliencia y el crecimiento en la animación japonesa, y sus autoras son Alfin Rosydha y Nalia Roohma. Aunque vio la luz formalmente en octubre de 2025, lo cierto es que su circulación masiva llegó mucho después, empujada sobre todo por posteos de redes sociales que mostraban fragmentos del paper y, al mismo tiempo, confesiones en primera persona del estilo yo crecí viendo Naruto y no me había dado cuenta de lo que me había enseñado.
Es que la investigación revisa punto por punto el arco del personaje creado por Masashi Kishimoto y cómo esa narrativa habría moldeado los esquemas emocionales de quienes la vieron en su infancia. Para las autoras, la serie va mucho más allá del clásico coming of age adolescente y se convierte en una verdadera caja de herramientas para procesar frustración, fracaso, soledad y, sobre todo, la necesidad de pedir ayuda sin sentir que eso te hace menos.
El huérfano que se empecinó con ser Hokage
Si lo miramos desde nuestro patio de los recuerdos, lo más potente del relato siempre fue esa vuelta de tuerca argumental: un pibe huérfano, marginado por el pueblo que lo vio nacer, al que todo el mundo le cierra la puerta en la cara y que igual, una y otra vez, decide levantarse, entrenar más fuerte y pelear por un lugar en el mundo. Que el pibe quiera convertirse en Hokage, en el líder máximo de su aldea, sin tener un solo lazo sanguíneo que lo banque, fue leído por las investigadoras como un espejo en el que millones de chicos se miraron sin saber que se estaban mirando.
- La perseverancia como método: el protagonista pierde una y otra vez, pero nunca abandona el objetivo de largo plazo.
- Laempatía corno músculo: antes que derrotar enemigos, Naruto intenta entender qué dolor los llevó hasta ahí.
- Elvínculo por sobre el individuo: mentores, compañeros y rivales terminan siendo tan importantes como el propio protagonista.
- Laayuda corno derecho: pedir y recibir respaldo no aparece como signo de debilidad sino como parte del aprendizaje.
Lo que más me hace ruido del estudio, dicho sea de paso, es la idea de la resiliencia como algo entrenable y no como un don de fábrica. Las autoras sostienen que la resiliencia se entrena con la exposición a desafíos y que ver durante años a un personaje que se levanta una y otra vez les ahorró a los espectadores tener que inventarse solos, en el peor momento, la idea de que siempre se puede empezar de nuevo. Para mí, que vi la serie completa cuando todavía estaba en la tele, hay algo de eso que sobrevive a cualquier debate académico y que aparece intacto cada vez que un amigo me cuenta que arrancó una carrera nueva a los cuarenta y pico sin aspavientos.
La serie original se emitió entre 2002 y 2007, mientras que Naruto Shippuden estiró la historia hasta 2017, lo cual significa que muchos de quienes la empezaron de chicos terminaron formándose entera o parcialmente con el mismo personaje en pantalla. Décadas después de esos primeros capítulos vistos a la tarde, el debate sobre el lugar cultural de Naruto y su influencia fuera de la pantalla sigue abierto y, ahora, también con un poco más de letra académica.
Reconozco, ya cerrando, que este tema me toca de costado, justamente porque fue parte de mi propio barrio de infancia y de mi propia mesa familiar compartida con dos hermanos menores que miraban la serie con la misma devoción con la que miraban los partidos de la selección. Sin ánimos de convertir esta nota en un altar ni en una bajada de línea, creo que estas investigaciones, cuando están bien hechas, sirven para poner en palabras algo que muchos de nosotros ya sospechábamos desde el sillón: que las ficciones que se ven de chico no se quedan solo en el cuerpo de la serie ni en el archivo de los recuerdos, sino que bajan a la conducta, a la manera de bancar un mal día o de insistir con un proyecto propio cuando el entorno duda. Y si algo de todo eso vino, en parte, de la mano de un ninja malhumorado con buzo naranja y una cicatriz en forma de rayo en la cara, bienvenido sea por estas tierras.
