Criamos con la historia a cuestas: por qué la infancia de los padres vuelve a aparecer en la crianza
El psicólogo Maxi McCoubrey recorre las huellas que la propia biografía deja en la forma de criar y señala qué patrones conviene revisar antes de que se conviertan en herencia.
A las seis de la tarde, en un consultorio del barrio de Palermo, un padre se sienta frente a Maxi McCoubrey y le dice, casi sin animarse, que acaba de levantar la voz a su nena de cuatro años por dejar los juguetes en el living. Mientras lo cuenta se da cuenta de que está repitiendo, palabra por palabra, el mismo reproche que él escuchaba de chico en la cocina de su casa en Lanús. La escena se repite, con otros actores, en miles de hogares argentinos: nadie empieza a criar desde cero, porque las experiencias de la infancia dejan huellas que reaparecen al tener hijos, a veces como repetición del patrón conocido y otras como reacción opuesta.
Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma, lo explica en una charla con este portal desde su consultorio en la Ciudad de Buenos Aires: "Somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en el que nacimos". Esa historia, dice, aparece en la forma de hablar, en la manera de poner límites, en la reacción ante un conflicto y también en las ideas que circulan en casa sobre el éxito, el dinero y el afecto. Para el especialista, el problema no está en repetir, sino en repetir aquello que hizo sufrir sin poder reconocerlo. "Lo que hace falta interrumpir es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida", precisa.
Las marcas más difíciles de cambiar no siempre son las más visibles
Muchas de esas marcas están tan incorporadas que no se cuestionan durante años. McCoubrey las enumera una por una y advierte que el denominador común suele ser la rigidez: la dificultad para tolerar que un hijo sienta, piense o necesite algo diferente de lo que el adulto espera. En la lista aparecen, sobre todo, pérdidas silenciadas, violencias naturalizadas, vergüenzas heredadas y mandatos que viajan de una generación a la siguiente sin que nadie se detenga a mirarlos de cerca.
Querer hacer lo contrario tampoco alcanza
Criar solo en oposición a la propia infancia puede ser tan problemático como repetir lo mismo, alerta el psicólogo. "Criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva: en vez de responder a las necesidades reales del hijo, se responde a una pelea pendiente con los propios padres", señala. Y agrega que quien creció con una crianza muy rígida puede terminar creyendo que cualquier frustración es traumática, y de ese modo también les quita a sus hijos la posibilidad de aprender a tolerar y a resolver.
“Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla. Y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma
Señales de que la propia historia se metió en la crianza
- Una reacción desmedida frente a una situación cotidiana: una bronca que desborda, una preocupación extrema o la necesidad de tener todo bajo control.
- La sensación de estar repitiendo, casi calcado, el libreto que uno criticaba de sus propios padres.
- La rigidez para aceptar que el hijo sienta, piense o necesite algo distinto de lo esperado.
- La convicción de que cualquier frustración es traumática, herencia de una crianza donde no se podía errar.
Cambiar esos patrones no implica no volver a equivocarse nunca, aclara McCoubrey. "A veces el primer cambio no es no gritar nunca; es poder detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir: lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto", resume. Para el especialista, el movimiento más importante no es buscar un punto medio matemático entre lo que se vivió y lo que se quisiera haber vivido, sino mirar al hijo concreto que se tiene enfrente y preguntarse qué necesita esa persona, en ese momento, por encima de la propia historia.
Vuelvo a la escena del consultorio en Palermo. El padre que reconoció su propia cocina en el reproche a su hija no encontró, en esa primera conversación, una receta infalible, pero se llevó una pregunta para llevar a la mesa de su casa, en Lanús, cada vez que la nena deje los juguetes en el living: ¿estoy responding a lo que ella necesita ahora, o estoy responding a algo que me pasó hace mucho? Esa pregunta, dice McCoubrey, suele ser el primer paso para que la historia deje de repetirse en silencio y empiece a transformarse, de a poco, en otra cosa.
