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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuando el dolor se vuelve invisible: cómo advertir a tiempo el sufrimiento de un joven cercano

Las muertes por suicidio crecieron casi un 60% en ocho años y ya son la principal causa de fallecimiento entre los 15 y los 34 años en la Argentina. Una especialista del Centro de Asistencia al Suicida de Buenos Aires explica qué mirar, qué preguntar y por qué nunca es tarde para tender una mano.

Por Delia ChocobarSociedad y comunidades · · hace 38 d
Cuando el dolor se vuelve invisible: cómo advertir a tiempo el sufrimiento de un joven cercano

Son las diez de la mañana de un martes cualquiera en la Ciudad de Buenos Aires y, mientras el colectivo 29 avanza cargando oficinistas por la calle Corrientes, María Fernanda Azcoitía cruza la puerta del Centro de Asistencia al Suicida con el mismo gesto sereno de siempre, aunque hoy atiende el teléfono con una urgencia que se le nota en la voz, porque del otro lado de la línea hay una madre que no sabe cómo acompañar a su hijo, un pibe de diecisiete años que hace semanas dejó de juntarse con los amigos del barrio de Palermo y que ahora contesta los mensajes con monosílabos, y esa mujer necesita una respuesta que nadie en la familia se animó a darle todavía, porque hablar de suicidio todavía cuesta, todavía pesa, todavía duele, y la propia psicóloga lo sabe bien cuando repite una y otra vez que de lo que no se habla no se puede prevenir.

Porque lo que muestran los números es exactamente eso, que lo que no se ve termina matando, y los registros oficiales son demoledores: en la Argentina, durante 2025, se contabilizaron 5.209 muertes por suicidio, mientras que apenas ocho años antes, en 2017, la cifra había sido de 3.304, lo que implica un aumento del 57,7% en menos de una década, una escalada que el Estado todavía no logró frenar y que tiene a los especialistas cada vez más preocupados, sobre todo porque esa tendencia convirtió al suicidio en la primera causa de muerte entre los 15 y los 34 años, por encima incluso de los accidentes de tránsito, que durante mucho tiempo encabezaron ese ranking trágico.

La tasa nacional pasó de 8,2 a 11,8 casos cada 100.000 habitantes en ese mismo período, según los datos que circulan en el informe, y la Organización Mundial de la Salud ya había advertido en la década pasada que el crecimiento de la depresión y el suicidio no es un fenómeno exclusivamente argentino sino una preocupación de alcance global, algo que Azcoitía, desde su despacho del CAS porteño, repite cada vez que puede para correr de una vez el mito de que esto solo pasa en otros países o en otras clases sociales, porque en este punto no hay bandera ni barrio que se salvee.

El retorno a las aulas después de la pandemia

La psicóloga, que dirige el Centro de Asistencia al Suicida de Buenos Aires, señala que la pandemia dejó una marca particular en quienes transitaban la escuela secundaria durante los años de aislamiento, porque para algunos jóvenes con dificultades previas para vincularse el regreso a la presencialidad plena implicó enfrentar de golpe exigencias sociales y académicas para las que no tenían recursos emocionales desarrollados, y esa especie de salto al vacío explica en buena parte por qué la curva de comenzó a empinarse con más fuerza en las camadas más jóvenes, donde la frustración suele transformarse en silencio antes que en pedido de ayuda.

Azcoitía es enfática, además, a la hora de rechazar las explicaciones simples: "El suicidio siempre es multicausal, nunca hay una sola razón", resume con la claridad que la caracteriza, y enumera factores psicológicos, relacionales, familiares y biológicos que se entrelazan hasta configurar un cuadro en el que el deterioro económico, una ruptura amorosa o un conflicto escolar pueden formar parte del contexto, pero ninguno por sí solo alcanza para explicar una muerte, y esa idea es clave para que familias y docentes no se queden atrapados buscando un único culpable que les permita cerrar el duelo demasiado rápido.

Las señales que el entorno puede aprender a leer

Sobre las señales concretas que el entorno cercano puede detectar, la especialista indica que la clave es observar cambios respecto de la conducta habitual de cada persona, porque no se trata de tener un manual universal sino de conocer a quien se tiene al lado, ya que un adolescente que siempre fue expansivo y de pronto se aísla del grupo de amigos, o uno que era inhibido y aparece de golpe con conductas disruptivas en el aula, merece atención inmediata, y el aislamiento por sí solo no es un indicador definitivo, ya que lo que importa de verdad es la diferencia con el patrón previo, esa extrañeza que aparece cuando alguien deja de ser quien era.

En jóvenes adultos que viven solos, la detección suele recaer en compañeros de trabajo o amigos más cercanos, y entre los factores que elevan el riesgo Azcoitía menciona el uso de las redes sociales como único canal de comunicación, las adicciones, los trastornos de la alimentación, el bullying padecido en la escuela o en el club del barrio, los abusos dentro y fuera del hogar y los conflictos familiares que se enquistan sin diálogo, y sobre las plataformas digitales la psicóloga evita una condena general pero advierte sobre su impacto cuando desplazan otros vínculos cara a cara y cuando la persona que las usa es especialmente vulnerable, algo que en la Argentina de hoy, donde el celular se ganó un lugar en la mesa familiar, ocurre más de lo que queremos admitir.

El proceso, subraya Azcoitía, nunca ocurre de un día para otro, y por eso en la charla con aquella madre del barrio de Palermo la recomendación vuelve a ser la misma de siempre, que es volver a sentarse con el pibe, preguntarle cómo está de verdad, escuchar sin apurar, ofrecer la presencia sin convertirla en interrogatorio, y dejarse ayudar por los profesionales que atienden en el CAS y en los centros de salud pública, porque en este tema, como en tantos otros, pedir ayuda no es un signo de debilidad sino el primer paso para que la vida pueda volver a tener lugar, y eso es algo que todavía tenemos tiempo de aprender entre todos, si dejamos de mirar para otro lado.

DC
Delia ChocobarSociedad y comunidades

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