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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuidar en la Argentina: cuando la entrega deja al cuidador sin aire

Una encuesta de la Universidad Austral sobre 1.028 personas muestra que seis de cada diez responsables principales de un familiar registran algún grado de sobrecarga y cuatro de cada diez llegan al nivel intenso, con un impacto mayor entre las mujeres y con licencias laborales que todavía no alcanzan.

Por Delia ChocobarSociedad y comunidades · · hace 14 d
Cuidar en la Argentina: cuando la entrega deja al cuidador sin aire

Me crucé con la historia de Marta en una sala de espera del conurbano bonaerense, mientras acomodaba a su madre en una silla de ruedas y pedía un café con las manos todavía temblorosas por el apuro de la mañana. Ella me dijo, con esa mezcla de cansancio y vergüenza que conozco bien, que llevaba años sin dormir una noche entera. Esa imagen volvió a mi cabeza cuando leí los números de la encuesta que acaba de difundir la Universidad Austral sobre cómo se vive el cuidado de un familiar en la Argentina, porque los datos no hacen otra cosa que confirmar lo que Marta y miles de personas como ella arrastran en silencio: el peso recae sobre los hombros de unos pocos y, cuando se vuelve cotidiano, empieza a cobrarse el descanso, los proyectos y hasta el trabajo.

El relevamiento se hizo por internet entre octubre de 2025 y abril de 2026 y reunió respuestas de 1.028 personas mayores de 18 años residentes en la Argentina. Una de cada cinco, el 20,4 por ciento, manifestó que cuidaba a un familiar. Sobre ese universo, la Universidad Austral puso la lupa en quienes asumían el rol principal, que fueron 120 personas, y los evaluó con la escala de Zarit, un cuestionario de 22 ítems que mide la sobrecarga del cuidador. El resultado más fuerte es que el 60,6 por ciento de las mujeres cuidadoras eran las responsables principales, frente al 44,4 por ciento de los varones, y que, al cruzar esos datos con la escala, seis de cada diez presentaban algún grado de sobrecarga mientras que el 40,8 por ciento alcanzaba un nivel intenso que, según el informe, ya requiere intervención.

Mujeres que descansan menos y postergan más

El cuadro se vuelve más preciso cuando se desagregan las dificultades. Entre las mujeres cuidadoras, el 54 por ciento señaló que la responsabilidad le impedía descansar lo necesario y el 44 por ciento sostuvo que limitaba sus proyectos personales. Entre los varones, esas proporciones cayeron al 30 y al 10 por ciento, respectivamente. La investigación también preguntó por los aspectos gratificantes: el 95,7 por ciento de los cuidadores reconoció al menos uno, con el afecto recíproco, los momentos compartidos y los cambios logrados por la persona cuidada a la cabeza, una constatación que, lejos de contradecir el cuadro de agotamiento, muestra que ambas cosas conviven y que, justamente por eso, duelen más.

También se preguntó por la ayuda recibida y el resultado es de esos que invitan a pensar dos veces. La proporción de sobrecarga intensa fue del 40 por ciento tanto entre quienes declararon tener apoyo como entre quienes dijeron no tenerlo. La lectura que hizo el equipo que coordinó Liliana Etchegoyen en la Facultad de Ciencias Biomédicas de la Universidad Austral fue que "importa la calidad del apoyo y no solamente su existencia", y para medirlo contempló las dimensiones afectiva, la informacional y la operativa del acompañamiento. En otras palabras, no alcanza con que alguien esté: hace falta que ese alguien contenga, oriente y se haga cargo de tareas concretas.

Trabajo y licencias: la otra mitad del agobio

El trabajo remunerado tampoco queda afuera de la ecuación. El 75 por ciento de quienes cuidaban trabajaba al mismo tiempo, pero el acceso a las herramientas para compatibilizar ambas responsabilidades varió de manera notable según la modalidad de contratación. Entre los trabajadores formales, el acceso promedio a licencias y prestaciones como maternidad, paternidad, enfermedad de un familiar, eventos familiares y guardería fue del 53,7 por ciento. Entre los informales cayó al 17,1 por ciento y entre los independientes, al 9,5 por ciento. Para una cuidadora principal con un empleo en negro, en la práctica eso significa casi ninguna red institucional de respaldo y un margen muy estrecho para reorganizar su vida cuando la persona a cargo se descompone, se interna o necesita un turno médico.

La investigación, que también llevó la firma de María Julia Aiquel y Josefina Bunge, repasó las licencias existentes en la normativa argentina y concluyó que el esquema todavía es insuficiente para acompañar a quienes cuidan. A esa limitación se suma, según describieron las autoras, la falta de protocolos en los lugares de trabajo para atender a empleados con responsabilidades de cuidado, un vacío que golpea con más fuerza a las mujeres, que son quienes más postergan su carrera, sus horas de sueño y su vida social.

“Seis de cada diez cuidadores principales presentan algún grado de sobrecarga y cuatro de cada diez llegan al nivel intenso, con un impacto desproporcionado sobre las mujeres, sobre los proyectos personales y sobre el descanso cotidiano.”Universidad Austral
  • 6 de cada 10 cuidadores principales presentan algún grado de sobrecarga, según la escala de Zarit aplicada a 120 personas.
  • El 40,8% alcanza un nivel de sobrecarga intensa que, para el informe, requiere intervención.
  • Entre las mujeres cuidadoras, el 54% no logra descansar lo necesario y el 44% ve limitados sus proyectos personales; entre los varones, esos valores son del 30% y del 10%.
  • La sobrecarga intensa llega al 40% tanto con apoyo como sin apoyo, lo que llevó al equipo a subrayar que importa la calidad del acompañamiento, no su mera presencia.
  • El acceso promedio a licencias y prestaciones es del 53,7% entre trabajadores formales, del 17,1% entre informales y del 9,5% entre independientes.
  • El 95,7% de los cuidadores reconoce al menos un aspecto gratificante, con el afecto recíproco y los momentos compartidos al tope de las menciones.

Vuelvo a Marta, que mientras su madre probaba el café con gestos despaciosos me dijo algo que se me quedó grabado: "Yo no me cuido, pero me río, y eso también es algo". Esa frase, que parece un alivio chico, es casi la síntesis del informe: se puede querer a quien se cuida y al mismo tiempo estar al borde del agotamiento. Lo que falta, señalan las investigadoras, es que el Estado, las empresas y la comunidad entera entiendan que el cuidado no puede seguir recayendo sobre unas pocas espaldas y que, mientras eso no cambie, cada licencia inexistente, cada noche sin dormir y cada proyecto postergado seguirá teniendo nombre y apellido de mujer.

DC
Delia ChocobarSociedad y comunidades

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