El acoso escolar que no se apaga cuando suena el timbre
La Sociedad Argentina de Pediatría advirtió que el bullying y el ciberbullying se volvieron una misma herida: lo que empieza en el aula sigue en grupos de WhatsApp, redes y videojuegos, y se mete en la pieza del chico a la hora de dormir. Familias, escuelas y equipos de salud, los tres frentes que pide movilizar la entidad.
Son las nueve y cuarto de la noche en un departamento cualquiera de la ciudad de Buenos Aires, y la mamá de Tomás todavía insiste con que el chico deje el celular sobre la mesa del living antes de meterse en la pieza. Tomás tiene doce años, va a una escuela primaria del barrio de Palermo y, en las últimas semanas, el aparato se le había vuelto un campo minado: los mismos compañeros que a la salida del colegio le gritaban algo en el patio le seguían mandando audios burlones a un grupo de WhatsApp que nunca se callaba. La escena, repetida en miles de hogares argentinos, es la que retrata con crudeza el nuevo documento que acaba de difundir la Sociedad Argentina de Pediatría, elaborado por ocho de sus comités y subcomisiones especializadas, y que pone el foco en cómo el bullying y el ciberbullying dejaron de ser dos fenómenos separados para convertirse en una continuidad que pisa la escuela, la merienda, la noche y el recreo del día siguiente.
En diálogo con este portal, la médica Silvina Pedrouzo, pediatra especialista en Desarrollo Infantil y presidenta de la Subcomisión de Tecnologías de la Información y la Comunicación de la SAP, describió el cambio de paisaje con una frase que se repite en el consultorio de muchas familias. Antes, según contó Pedrouzo desde su consultorio en la ciudad de Buenos Aires, volver a casa podía ofrecer una pausa y un espacio de resguardo frente a las situaciones de acoso; con el acceso casi permanente al celular, agregó, ese límite se volvió cada vez más difuso, porque los mensajes, las burlas o la exposición pueden llegar a cualquier hora y extender la situación más allá de la escuela, lo que amplifica su impacto y, en consecuencia, el daño.
Un catálogo de formas que se mudaron a la pantalla
La SAP no se limitó a describir el problema: lo enumeró. Entre las modalidades del ciberbullying que aparecen en el documento, la entidad menciona mensajes de odio, burlas, acecho, votaciones para humillar, perfiles falsos, suplantación de identidad, difusión no consentida de información privada, exclusión de grupos y manipulación de fotos, videos o memes. A ese listado ya extenso, el texto suma un factor reciente y todavía poco regulado: las herramientas de inteligencia artificial que facilitan la edición y difusión de contenidos alterados, con la particularidad de que una sola publicación puede alcanzar audiencias mucho mayores que las del aula y resulta difícil de borrar.
- Mensajes de odio y burlas sostenidas en el tiempo.
- Acecho digital y votaciones para humillar a un compañero.
- Perfiles falsos y suplantación de identidad.
- Difusión no consentida de información privada.
- Exclusión de grupos y manipulación de fotos, videos o memes.
- Edición y difusión de contenidos alterados con herramientas de inteligencia artificial.
Qué es bullying y qué no es bullying
El documento también se detiene en una confusión frecuente entre las familias y entre los propios docentes: no toda pelea entre compañeros es acoso escolar. Para que se configure como bullying, la SAP describe tres condiciones que tienen que estar juntas: intención de causar daño, repetición sistemática en el tiempo y un desequilibrio de poder que impide a quien lo sufre defenderse o ponerle fin. Esa violencia puede ser física, verbal o relacional, y cuando se traslada a las pantallas no pierde ninguna de esas tres características; al contrario, las potencia.
Pedrouzo lo resume con una idea que atraviesa todo el documento: el bullying es un fenómeno grupal, de modo que la solución tampoco puede descansar exclusivamente en la víctima. Están los compañeros que observan, están los adultos responsables, están las familias y está la institución en la que ocurre. Lo que nunca se debe hacer, insistió la pediatra, es pedirle al chico que está siendo hostigado que resuelva solo el problema.
Cuerpo que habla: del dolor de panza a la noche en vela
Las consecuencias que enumera la entidad no son abstractas: van desde dolores físicos recurrentes y alteraciones del sueño hasta cuadros de ansiedad y depresión, con un impacto directo en el rendimiento escolar y en la vida social de los chicos. Esa cadena de malestares es, para la SAP, la prueba de por qué hace falta un abordaje conjunto entre familias, escuelas y equipos de salud, en lugar de intervenciones aisladas que dejan al estudiante solo frente a la pantalla.
En el living del departamento de Palermo, Tomás por fin deja el celular sobre la mesa. Son casi las diez de la noche. La pantalla sigue encendida un rato más, con el grupo de WhatsApp activo, y la mamá sabe que el silencio del aparato no significa que el problema se haya apagado. Por eso el llamado de la Sociedad Argentina de Pediatría apunta a que las familias, las escuelas y los equipos de salud entiendan que, cuando un chico sufre acoso, el sufrimiento ya no termina cuando suena el timbre del recreo, y que la respuesta tampoco puede quedarse dentro de la escuela.
“El bullying es un fenómeno grupal y por eso la solución tampoco puede descansar exclusivamente en ellos. Están los compañeros que observan, los adultos responsables, las familias y la institución en la que ocurre. Lo que nunca debemos hacer es pedirle al chico que está siendo hostigado que resuelva solo el problema.”Silvina Pedrouzo, pediatra especialista en Desarrollo Infantil y presidenta de la Subcomisión de Tecnologías de la Información y la Comunicación de la SAP
