El mensaje corto que se vuelve pesadilla: cuando interpretamos de más y la pareja lo paga
Las psicólogas Marina Mammoliti y Karina Carreño, especialistas en neuropsicología clínica, describen cómo el miedo al abandono, las viejas heridas y los silencios sospechosos terminan armando discusiones que nunca tuvieron un motivo real. Tres claves para desarmar el engranaje antes de que explote.
A veces alcanza con un "ok" seco en la pantalla para que una noche entera se vaya al diablo. Uno deja el celular sobre la mesa, mira el techo, y empieza a tejer la novela: ella está enojada, él me está dejando de lado, ya no le importo. Lo cierto es que no pasó nada. Pero el cerebro, como no tiene con qué llenar el vacío, lo llena con lo que encuentra a mano: recuerdos viejos, miedos viejos, fantasmas de relaciones que ya terminaron hace rato. La consulta a Marina Mammoliti y Karina Carreño, las dos psicólogas que vienen trabajando hace años con parejas en Buenos Aires, abre una ventana para entender por qué se nos arma ese quilombo adentro de la cabeza y, sobre todo, cómo empezar a desarmarlo.
Lo que pasó, lo que inventamos
Karina Carreño, recibida en la Universidad de Buenos Aires y hoy neuropsicóloga clínica, lo dice sin rodeos: la primera tarea antes de contestar un mensaje que nos dejó inquietos es separar los hechos de la interpretación. La respuesta fue corta, eso se ve. Que la persona esté enojada, en cambio, es una suposición. Parece un detalle menor, pero no lo es: mientras uno confunde lo segundo con lo primero, ya está reaccionando a algo que nadie dijo. "Cuando falta información sobre lo que siente o piensa el otro, el cerebro intenta anticiparlo", explica Carreño, y para eso recurre a lo que tiene guardado: experiencias pasadas, inseguridades, viejas heridas. Así, una demora de veinte minutos termina significando que el otro se está enamorando de alguien.
Marina Mammoliti, psicóloga con larga experiencia en clínica de parejas en la Ciudad de Buenos Aires, pone el acento en otro costado del mismo problema. No alcanza con intentar adivinar al otro: hay que mirar para adentro. "En lugar de descifrar al otro, reconocer qué nos pasa", propone. La emoción que aparece frente a ese mensaje escueto es data. Si aparece miedo al abandono, si aparece bronca, si aparece una angustia que no tiene proporción con el hecho, algo se está activando que viene de más lejos. Y eso no se resuelve presionando para que el otro dé explicaciones, sino identificando primero qué es lo propio.
El peso de las experiencias que nunca se terminan de ir
Las dos especialistas coinciden en un punto que duele: las lecturas catastróficas no nacen de la nada. "Una necesidad de estar a solas puede percibirse como indiferencia cuando hay miedo al abandono", señala Mammoliti. La inseguridad, la baja autoestima o el antecedente de una infidelidad funcionan como combustible. No hacen que el conflicto aparezca, pero hacen que cualquier chispita parezca un incendio. Carreño lo resume en pocas palabras: "La inseguridad, la baja autoestima o antecedentes de infidelidad pueden alimentar la búsqueda de confirmaciones y el intento de controlar al otro". Ahí empieza el otro problema, el que ya no es interno sino que se traslada a la relación.
“Cuando esas conjeturas pasan a dirigir las respuestas, aparecen discusiones por situaciones imaginadas y pedidos reiterados de seguridad que van deteriorando la confianza.”Karina Carreño, neuropsicóloga clínica
- Distinguir el hecho de la interpretación: la respuesta fue corta, sí; que esté enojada, no necesariamente.
- Regular la ansiedad antes de contestar: una pausa ayuda a que la emoción no dicte el mensaje.
- Reconocer la emoción propia: preguntar qué nos pasa a nosotros frente a ese silencio, en vez de intentar adivinar al otro.
- Aprender a convivir con la incertidumbre: no siempre se puede tener una respuesta en el momento.
- Preguntar de manera directa, cara a cara si se puede, antes de seguir leyendo señales en la pantalla.
Vuelvo al principio de la nota, al "ok" seco que arruinó una noche. La diferencia entre terminar discutiendo por algo que nunca pasó y poder conversar tranquilos está, según las dos especialistas, en un movimiento sencillo pero al que nadie está acostumbrado: en vez de completar el hueco con lo peor que se nos ocurra, preguntar. Y preguntar en vivo, mirándose a los ojos, no por chat. Como dice Carreño, "preguntar ayuda a disminuir la incertidumbre y la reacción de alerta". No se trata de aguantarse cualquier cosa, sino de no condenar a la pareja por un crimen que solo existe en nuestra cabeza. La confianza, coinciden, se cuida con información real, no con conjeturas. Delia Chocobar, Sociedad y comunidades.
