Saltar al contenido
Viernes, 16 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Portada › Vida ›
Vida /

El rencor que se acumula: cuando el cuerpo termina pagando la cuenta de una ofensa que nunca se fue

Guardar un agravio sin procesarlo durante años no es solo un peso emocional: es un desgaste físico concreto. Especialistas advierten que la presión arterial, el sueño, las defensas y hasta los músculos terminan respondiendo a un recuerdo que el organismo sigue tratando como una amenaza viva.

Por Delia ChocobarSociedad y comunidades · · hace 38 d
El rencor que se acumula: cuando el cuerpo termina pagando la cuenta de una ofensa que nunca se fue

Me lo cuenta una amiga, acá cerca, mientras revuelve un mate con la cuchara como si le estuviera dando vueltas a algo más que a la yerba. Me dice, mirándome fijo: yo llevo más de diez años sin poder sacarme de la cabeza lo que me hizo un socio en aquel negocio, y cada vez que lo recuerdo me sube la presión, te juro que la siento acá, en la nuca. La escena me la imagino de cotidiana, de esas que se repiten en cafés y en cocinas de la colectividad boliviana, de la colectividad armenia, de la comunidad judía, de cualquier barrio donde uno todavía comparte las penas en persona: alguien que nunca terminó de digerir una traición, una injusticia, un desprecio, y que carga con eso como quien carga con una valija que no puede dejar en el piso.

Bronca pasajera y rencor crónico: dos reacciones que no se parecen

La bronca aparece con fuerza ante un estímulo y, en condiciones normales, se disipa. El rencor, en cambio, implica volver una y otra vez sobre la misma ofensa, con una intensidad que no baja con el paso del tiempo. Puede instalarse durante años, incluso décadas, y su origen puede ser una traición, una injusticia laboral, una ruptura amorosa o un conflicto familiar que nunca cerró del todo.

A diferencia de un enojo que se va, el rencor sostenido obliga al cuerpo a mantener encendida una alarma que estaba pensada para ser breve. Y cuando esa alarma queda fija, lo que se desgasta no es solo la memoria, sino el corazón, las hormonas, las defensas y hasta los músculos.

Lo que se mueve por dentro cuando el rencor no se va

Estos son los principales efectos que la medicina y la psicología le atribuyen al rencor instalado durante años.

  • El sistema cardiovascular se altera: la presión arterial se eleva de manera crónica y la frecuencia cardíaca se acelera incluso en reposo, porque el cuerpo interpreta el recuerdo del agravio como si la amenaza siguiera presente. Eso aumenta el riesgo de enfermedad coronaria a largo plazo.
  • El cortisol, la hormona del estrés, se mantiene elevado más tiempo del que debería. Esa sobrecarga altera el sueño, favorece la acumulación de grasa abdominal y reduce la sensibilidad a la insulina, lo que puede abrir la puerta a trastornos metabólicos.
  • El sistema inmunológico cede: con los mecanismos de defensa trabajando a destajo, bajan las defensas frente a infecciones y aumenta la inflamación de bajo grado, un proceso silencioso vinculado a enfermedades crónicas de distinto tipo.
  • Los músculos se tensan de forma literal: cuello, mandíbula y espalda acumulan rigidez que no se afloja con el descanso, y eso explica muchas cefaleas tensionales sin una causa médica clara.
  • El sistema digestivo se resiente, porque el eje intestino-cerebro es especialmente sensible al estado emocional, y aparece una fatiga que no se explica por el esfuerzo físico, sino por sostener, sin pausa, una respuesta de emergencia que el cuerpo diseñó para ser corta.
“No hay evidencia sólida para atribuir al rencor una enfermedad específica, pero sí para decir que mantiene activados mecanismos perjudiciales para el organismo de forma sostenida. El cuerpo que paga la factura es siempre el propio.”Norberto Abdala, psiquiatra, especialista en psiconeuroendocrinología

Vuelvo a la cocina de mi amiga, donde la pava empieza a silbar y ella se queda callada unos segundos, como ordenando lo que va a decir. Me confiesa que lleva meses con el colon irritado, que el médico no le encuentra causa orgánica, y que ella ya sabe, en algún lado, que la factura que está pagando no la firma ningún análisis: la firma aquel socio que nunca le pidió perdón. Y ahí, mientras le sirvo el mate y le digo que lo que le pasa tiene nombre y tiene salida, me queda dando vueltas la frase de Abdala: el cuerpo que paga la factura es siempre el propio. Un recordatorio incómodo, pero útil, para empezar a soltar esa valija que muchos cargamos sin darnos cuenta de que nos pesa hasta en los huesos.

DC
Delia ChocobarSociedad y comunidades

Te puede interesar