Fatiga extrema y respiración agitada: las pistas silenciosas de una neumonía que se anuncia antes que la tos
Cansancio profundo, taquicardia y náuseas pueden anticipar a la fiebre y la tos en una infección pulmonar. Especialistas advierten que en adultos mayores la temperatura incluso puede estar por debajo de lo normal, lo que retrasa la consulta y eleva el riesgo de complicaciones.
Son las seis de la tarde en un consultorio del barrio de Belgrano y María Ester, de 58 años, se apoya en el mostrador porque siente que le falta el aire. Todavía no tose y el termómetro marca 36,4 grados, pero lleva tres días con un cansancio que no se explica y las piernas le tiemblan cuando sube al segundo piso por escalera. Lo que María Ester todavía no sabe es que esos malestares tan comunes, el agotimiento y la respiración agitada, suelen ser las primeras señales de una neumonía que está empezando a instalarse mucho antes de que aparezca la tos insistente o la fiebre que todo el mundo reconoce como señales inequívocas de la enfermedad.
Un cuadro que no siempre arranca como uno se lo imagina
La neumonía es una infección que inflama los alvéolos pulmonares y, en muchos casos, los termina llenando de líquido o de pus, lo que vuelve cada más trabajosa y reduce el paso del oxígeno hacia el resto del cuerpo, un dato clave para entender por qué el cansancio aparece tan pronto. El origen puede ser bacteriano, con el Streptococcus pneumoniae y el Mycoplasma pneumoniae a la cabeza, pero también viral, ya que tanto el virus de la gripe como el del covid-19 pueden derivar en este cuadro pulmonar cuando la enfermedad se extiende o se sobreinfecta. La evolución, en cualquiera de los escenarios, depende del agente que la provoque, de la edad del paciente y del estado de salud previo, una combinación que vuelve a cada caso tan particular como la persona que lo transita.
“La fatiga y el cansancio pueden aparecer primero y ser profundos. Algunas personas no tienen mucha fiebre.”Gerald Weinhouse, neumonólogo de la División de Medicina Pulmonar y Cuidados Críticos de Mass General Brigham
El neumonólogo Gerald Weinhouse, de la División de Medicina Pulmonar y Cuidados Críticos de Mass General Brigham, fue muy claro al describir ese inicio silencioso: la fatiga y el cansancio pueden aparecer primero y ser profundos, y si bien la tos es casi universal, en muchos pacientes la fiebre apenas se hace presente. Esa advertencia resulta central sobre todo en los adultos mayores, donde la temperatura corporal puede incluso ubicarse por debajo de los valores habituales, por lo que la ausencia de fiebre, lejos de tranquilizar, no descarta la enfermedad y obliga a prestar atención al resto de las manifestaciones.
Las pistas del cuerpo que conviene no dejar pasar
- Fatiga profunda y generalizada que aparece sin causa clara y que se sostiene en el tiempo.
- Respiración más rápida de lo normal, con sensación de falta de aire ante esfuerzos pequeños.
- Latidos acelerados, náuseas, falta de apetito y un malestar general difuso.
- Presión arterial baja, diarrea o cambios en el estado mental cuando el cuadro ya está más avanzado.
- Confusión, somnolencia excesiva o desorientación repentina, que requieren consulta médica inmediata, en especial en mayores de 65 años.
Cuando la infección avanza se suman otros signos de alarma que ya no admiten espera, como la presión arterial baja, la diarrea o los cambios en el estado mental, y dentro de estos últimos la confusión repentina, la somnolencia excesiva y la desorientación son los que más preocupan a los profesionales, porque pueden anticipar un cuadro grave en personas mayores o en quienes tienen las defensas comprometidas. En esos mismos grupos etarios la temperatura puede incluso estar por debajo de lo normal, un dato que descoloca a más de uno y que confirma, como el propio Weinhouse, que la falta de fiebre no descarta nada.
Los grupos con mayor riesgo de complicaciones están bastante bien delimitados y conviene tenerlos presentes: bebés y niños pequeños, adultos mayores, personas fumadoras y quienes conviven con enfermedades cardíacas, pulmonares, diabetes, asma o cáncer, o reciben tratamientos que reducen las defensas, como ocurre con algunas terapias oncológicas o con los inmunosupresores. Para ellos, una neumonía no es un cuadro menor: puede derivar en acumulación de líquido alrededor de los pulmones, presencia de bacterias en sangre, abscesos pulmonares o insuficiencia respiratoria, complicaciones que en muchos casos terminan en una internación y que, vistas en retrospectiva, muchas veces empezaron con algo tan simple como un cansancio que no se iba.
Por eso los especialistas insisten en consultar sin demora si la tos persiste varios días y tiende a empeorar, si aparece dolor en el pecho al respirar, si los síntomas reaparecen después de una mejoría inicial que ilusionaba con una pronta recuperación, o si la fiebre se vuelve persistente y se mantiene en 39 grados o más, una combinación que ya no responde a los cuidados caseros. María Ester, mientras tanto, terminó esa tarde en el consultorio con una placa de tórax, un diagnóstico a tiempo y la recomendación de guardar reposo estricto durante las próximas semanas, y cada vez que recuerda lo rápido que se instaló el cansancio antes que cualquier otro síntoma entiende por qué los médicos repiten hasta el cansancio que, en una neumonía, el primer signo de alerta suele ser, paradoja mediante, el propio cansancio.
