La chica de la aguja y la Copenhague que se negaba a dejar elegir a sus mujeres
El film de Magnus von Horn atraviesa el drama, el suspenso y una pregunta incómoda: qué margen le queda a una madre cuando no tiene nada. La danesa Trine Dyrholm compone a una Dagmar que parece una salida y termina siendo otra cosa.
Hay una escena, hacia el arranque de La chica de la aguja, donde Karoline camina por una Copenhague lavada en blanco y negro que parece hecha de chapa y de silencio. Las veredas están vacías, las fachadas miran hacia adentro, y la chica avanza con la panza cada vez más grande debajo de un delantal de fábrica. Esa imagen, esa sensación de frío que se mete en la pantalla, es exactamente el clima que Magnus von Horn quiere instalar antes de que el relato se vuelva, sin aviso, una trampa.
El director danés-polaco ya había mostrado su mano para incomodar con Swim (2012) y, sobre todo, con el brutal The Here After (2015), donde un adolescente cargaba con el peso de un crimen que no había terminado de entender. En La chica de la aguja, su película de 2024, vuelve a ese registro de incomodidad sostenida, pero ahora la vara pasa por otro lado: acá lo que pesa no es la culpa de un chico, sino la falta de opciones de una mujer.
La historia parte de un caso criminal real que sacudió a la capital danesa después de la Primera Guerra Mundial. Von Horn toma ese hecho y lo cruza con un retrato crudo de la pobreza y de la maternidad en una ciudad que, aun siendo rica en apariencia, les cerraba las puertas a sus mujeres más vulnerables. La película no viene a contar el caso policial de manera clásica: lo usa como columna para hablar de algo que, a mi entender, le importa mucho más, que es qué pasa cuando una madre, sola y sin un peso, no tiene a quién acudir.
Karoline y Dagmar, un encuentro que asusta
En ese mapa aparece Dagmar, a quien la danesa Trine Dyrholm compone con una calidez que, viéndola, a mí me generó más desconfianza que alivio. Dyrholm, que venía de papeles enormes en El sospechoso y 66, le pone al personaje una amabilidad de manos abiertas, de señora que siempre sabe qué decir, de mujer que parece haber resuelto, ella sola, el problema de los bebés que no tienen hogar. Karoline la ve como una salida: una persona que consigue familias para hijos de madres que no pueden criarlos, alguien que, en teoría, le va a resolver el futuro.
Y acá viene lo mejor de la película, que tampoco voy a spoilear porque va a seguir dando que hablar. La relación entre las dos, esa confianza que se va tejiendo escena tras escena, empieza a mostrar hilachas. La información se revela de a poco, de la misma manera que en la vida real uno se va dando cuenta de que algo no cierra. Von Horn maneja el suspenso con paciencia: no apura la bomba, deja que el espectador se acomode en la silla y, cuando menos lo espera, le cambia el piso.
La puesta en escena acompaña todo el tiempo ese recorrido. El blanco y negro no es un capricho estético: ayuda a borrar cualquier brillo que la Copenhague de postal pueda tener y deja a la ciudad como lo que muestra la historia, un lugar de fábricas, de pasillos angostos y de oficinas donde las decisiones se firman sin mirar a la cara a nadie. Hay escenas que dan ganas de sacarse el frío de encima. La sensación de encierro no se explica, se siente.
Qué margen queda cuando no te queda nada
Más allá del caso criminal, la película deja flotando una pregunta que, siendo honesta, a mí me sigue dando vueltas un rato después de los créditos: cuánto margen real tiene una persona para elegir cuando le faltan recursos, cuando le falta apoyo, cuando la sociedad decide por ella antes de que pueda abrir la boca. Karoline es trabajadora, está embarazada, no tiene red, y en esa Copenhague de posguerra tampoco parece haber un Estado que la esté esperando con los brazos abiertos. Lo que le ofrecen no es una solución: es otra forma de problema.
Sin ánimos de spoilear, lo que sí puedo decir es que La chica de la aguja termina dejando un sabor amargo, de esos que se te quedan instalados en la garganta, y al mismo tiempo una especie de respeto enorme por el trabajo de Trine Dyrholm, que se banca sola varias de las escenas más pesadas con una presencia que, viéndola en pantalla, se entiende por qué la película descansa tanto en ella. A mí me parece una de las interpretaciones del año, y eso que comparte cartel con actrices de todo tipo.
Si te gustan los dramas basados en hechos reales, los que no te dan todo servido y te dejan pensando un par de horas, este es de los que vale la pena dejar entrar en la lista. No es una película fácil, no es una película linda, pero es de esas cintas que uno no puede sacar de la cabeza tan rápido. Y en un momento donde las pantallas suelen parecerse demasiado unas a otras, se agradece que alguien, con la paciencia de Magnus von Horn, siga insisting con historias que incomodan de verdad.
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