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Viernes, 16 de octubre de 2026
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La década invisible: por qué entre los 35 y los 45 años el cuerpo cambia aunque la balanza no lo cuente

La cirujana ortopédica Vonda Wright propone mirar más allá del peso: fuerza, impacto, movilidad y descanso para sostener músculos y huesos en una etapa clave.

Por Delia ChocobarSociedad y comunidades · · hace 17 d
La década invisible: por qué entre los 35 y los 45 años el cuerpo cambia aunque la balanza no lo cuente

Una mañana cualquiera, frente al espejo, alguien se sube a la balanza y suspira aliviada porque el número no se movió. La ilusión dura lo que tarda en girar el dial: un rato después, al probarse un pantalón que antes entraba sin esfuerzo, descubre que algo cambió igual. Esa escena, repetida en miles de hogares, fue el punto de partida que eligió la cirujana ortopédica Vonda Wright para explicar cómo se transforma el cuerpo entre los 35 y los 45 años, una franja que suele quedar fuera del radar porque los grandes malestares todavía no llegaron y la gordura, cuando aparece, parece el único dato a corregir. La especialista, desde su consultorio en Estados Unidos, dejó una idea central que merece repetirse: que la balanza marque lo mismo no significa que el cuerpo permanezca igual, porque la proporción de músculo y grasa puede modificarse sin que se altere el peso total.

Fuerza, no solo aeróbico

Para trabajar sobre esa composición corporal, Wright propuso dedicar al menos dos sesiones semanales a ejercicios de fuerza. Mencionó sentadillas, peso muerto y movimientos de empuje y tracción, que hacen participar a varias articulaciones al mismo tiempo. Su planteo incluye cargas altas y series de pocas repeticiones, una lógica que suena contra-intuitiva para quien está acostumbrada a asociar el gimnasio con horas de cinta o de bicicleta. El objetivo, aclaró la médica, es desarrollar masa muscular, sin usar exclusivamente el número de la balanza para evaluar los cambios.

El movimiento también cumple una función en el cuidado de los huesos. Según Wright, la densidad ósea llega a su máximo alrededor de los 30 años y, a partir de allí, necesita estímulos que ayuden a conservarla. Entre ellos mencionó correr, saltar o subir escaleras, siempre de acuerdo con las posibilidades físicas individuales. En la alimentación, destacó el aporte de proteínas, vitamina D, magnesio y otros minerales que hacen de sostén para esa arquitectura interna que no se ve pero que sostiene cada paso.

  • Movilidad todos los días: trabajar las articulaciones en toda su amplitud.
  • Actividades como yoga, pilates o tai chi para equilibrio y conciencia corporal.
  • Ejercicios de agilidad orientados a reducir el riesgo de caídas en la vida cotidiana.
  • Distribución aeróbica de 80% suave y 20% de esfuerzo elevado, sin abusar de la intensidad.
  • Descanso con horarios regulares para acostarse y levantarse, varias horas entre la última comida y la cama, y reducción del alcohol por su efecto sobre el sueño profundo.

Mirar más allá del peso para ganar años de autonomía

Para la actividad aeróbica, Wright planteó esa distribución de 80% de trabajo suave y 20% de esfuerzo elevado. Aclaró que los esfuerzos breves no equivalen a repetir entrenamientos intensos con demasiada frecuencia, una práctica que, según dijo, puede favorecer lesiones. Además, vinculó el entrenamiento de la capacidad aeróbica con la posibilidad de conservar independencia en edades posteriores, cuando subir una escalera, cargar las bolsas del supermercado o levantarse del suelo sin ayuda dejan de ser gestos automáticos.

Sostener esas rutinas requiere, además, un descanso al que muchas personas no le dan importancia hasta que el cuerpo las obliga. La médica aconsejó acostarse y levantarse en horarios regulares, dejar varias horas entre la última comida y la cama, y reducir el alcohol por su efecto sobre el sueño profundo. Señaló, en particular, que entre los 40 y los 45 años las variaciones hormonales asociadas a la transición hacia la menopausia pueden alterar esa arquitectura del sueño y, con ella, la recuperación muscular y ósea. La recomendación, en ese tramo, es prestar atención a señales que antes pasaban desapercibidas.

“Que la balanza marque lo mismo no significa que el cuerpo permanezca igual. La proporción de músculo y grasa puede cambiar sin que se modifique el peso, y por eso conviene mirar más allá del número.”Vonda Wright, cirujana ortopédica

Vuelvo a aquella escena del espejo para cerrarla como empecé. La persona que se subió a la balanza esa mañana y se encontró con la misma cifra puede tener hoy menos músculo y más grasa visceral sin haberlo notado. Wright lo dijo con una frase que vale la pena repetir: los cambios físicos varían entre personas, de modo que no existe una receta única sino un menú de hábitos —fuerza, impacto, movilidad, aeróbico inteligente y descanso— que cada uno puede ir armando a su medida. Cuidar los huesos y los músculos en esta franja etaria no es una cuestión estética ni obsesiva por el peso: es, en el fondo, una manera de asegurarse de que, dentro de veinte años, el cuerpo siga respondiendo como hoy.

DC
Delia ChocobarSociedad y comunidades

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