La noche más larga de Anatolia: tres horas en una combi polvorienta buscando un muerto que nadie sabe dónde quedó
Nuri Bilge Ceylan convierte una salida policial por las estepas turcas en una de las experiencias más intensas del cine contemporáneo: un thriller sin adrenalina que hipnotiza con sus silencios y sus conversaciones aparentemente inútiles. La película se puede ver en Filmin.
Me acuerdo perfecto de la primera vez que escuché hablar de Nuri Bilge Ceylan: fue hace ya varios inviernos, cuando recomendaban una de sus películas anteriores y alguien me dijo, casi en tono de disculpa, "es bellísima, pero tené paciencia, no pasa nada durante la primera hora". Lo soltó como si fuera una advertencia o un defecto. A mí, en cambio, me sonó a invitación. Y a esta nueva función que tiene disponible Filmin, Érase una vez en Anatolia, fui sabiendo exactamente con qué me iba a encontrar: con un director que no te cuenta una historia para que te enganches, sino para que te quedes mirando, hipnotizado, cómo se mueven las sombras en el parabrisas de una combi a las tres de la madrugada.
Una premisa mínima para una película enorme
La sinopsis cabe en dos líneas y esa es, justamente, la trampa. Un fiscal, un médico forense, un puñado de policías y dos sospechosos arrancan de noche, en pleno corazón de la estepa turca, con una misión que parece de manual: encontrar el cuerpo que los detenidos enterraron después de un crimen. El problema —la puerta de entrada a todo lo que viene después— es que los tipos estaban borrachos cuando lo hicieron y no tienen la menor idea de dónde quedó la víctima. Así empieza la película: con una comitiva perdida en la oscuridad, dando vueltas por caminos de tierra, deteniéndose en pueblos fantasmas, bajando del vehículo, mirando alrededor y volviendo a subir con las manos vacías.
Durante casi la primera hora, la cámara de Ceylan se limita a registrar ese ir y venir. No hay flashback del crimen, no hay música que subraye lo dramático, no hay un protagonista claramente delineado. Hay, en cambio, una conversación filosófica entre el doctor y el fiscal sobre la muerte, un policía que come yogur con la cuchara de plástico, el sospechoso que se duerme en el asiento de atrás, una linterna que alumbra el pasto seco y nada más. Y sin embargo, uno no puede dejar de mirar.
El ritmo lento como forma de mirar
El propio Ceylan, en distintas entrevistas, ha explicado que le interesa el cine como una forma de atención: observar durante mucho tiempo lo que en la vida cotidiana descartamos en un segundo. En Érase una vez en Anatolia lleva esa idea hasta un punto casi obsesivo. La película dura dos horas y media y podría haber durado cuatro sin que la historia avanzara más: lo que se expande no es el plot, es la mirada. Una pausa antes de que alguien conteste, una luz que titila a tres kilómetros de distancia, el modo en que un oficial se acomoda el cuello del campera porque empieza a hacer frío: cada uno de esos momentos está filmado con la paciencia de quien sabe que ahí, en ese detalle, vive la verdadera película.
Lo que se cuenta entre idas y vueltas
En esa combi que no llega a ningún lado se cruzan historias que parecen sacadas de la nada: un oficial recuerda un accidente infantil, otro cuenta un chiste malo, el médico le habla a su mujer por teléfono, alguien ofrece té en un termo. Nada de eso es gratuito. Conforme avanza la noche, esas conversaciones intrascendentes van armando un mapa de lo que les pasa a estos hombres: la distancia con sus familias, el descreimiento, la manera en que aprendieron a convivir con la violencia como parte del trabajo. La tensión, en lugar de crecer con un descubrimiento, crece con el cansancio. Hacia el final, la película termina de mostrar su verdadero tema: no es el crimen, es el agotamiento de quienes lo miran todos los días.
Una película que no te suelta
Érase una vez en Anatolia se llevó el Gran Premio del Jurado en Cannes en 2011 y es, a esta altura, una de las piezas centrales del cine turco de los últimos veinte años. Si nunca la viste, está disponible en Filmin y vale la pena dedicarle una noche sin teléfono, sin notificaciones, sin la tentación de mirar el reloj. Y si ya la viste, una relectura en pantalla grande hace maravillas: descubrís planos que se te habían escapado, escuchás diálogos que antes tapaba el ruido del living. Yo la veo como una de esas películas que te cambian la manera de mirar cine: después de Ceylan, ciertas escenas de otros films parecen apuradas, inseguras de su propio silencio. Y a vos, ¿te copa más el thriller que te clava en la butaca o el que te deja pensando tres días después? Quedo leyendo los comentarios.
