La película de Batman que Ben Affleck se llevó en el baúl y que Manganiello por fin contó
Las memorias del actor de Deathstroke destapan un guion que preveía la muerte del comisionado Gordon, la irrupción de Batgirl y una pelea final calcada de un videojuego. Un viaje a un Batman que nunca existió, salvo en la cabeza de Affleck.
Lo confieso de entrada: cada vez que alguien abre una caja de recuerdos sobre una película de superhéroes que jamás vio la luz, me siento en la puerta de una peña de Boedo a esperar que el narrador se largue con la historia. Esta vez el que se sienta a la mesa es Joe Manganiello, actor gringo pero con el corazón puesto en los cómics, y la botella que destapa es Bloodlines: A Memoir, el libro de memorias que acaba de cruzar el mostrador de las librerías de Estados Unidos y que ya está haciendo ruido en todos los foros del planeta geek.
Para los que llegamos a los cuarenta y pico mirando al techo durante los noventa mientras fantaseábamos con cuál iba a ser el próximo Batman que íbamos a ver en el cine, el nombre de Ben Affleck como director y estrella de su propia aventura del Caballero Oscuro fue una promesa enorme. Recuerdo todavía el runrún de la madrugada en las redacciones, cuando se confirmó que el proyecto existía: después de Batman v Superman y La Liga de la Justicia, Affleck iba a tomar las riendas completas. Nunca pasó, claro, y durante años ese guion quedó flotando como una deuda pendiente de la Warner. Ahora, gracias a Manganiello, podemos asomarnos por fin al agujero de la cerradura.
El argumento que se escribió y nunca se filmó
Manganiello había sido confirmado para ponerse en la piel de Slade Wilson, más conocido como Deathstroke, el mercenario con ojo biónico y mala leche infinita. En el plan original de Affleck, la película iba a ser una suerte de thriller de súper villanos con ADN de The Game, el clásico de 1997 que David Fincher rodó con Michael Douglas y Sean Penn. La idea era que Deathstroke persiguiera a Bruce Wayne no por capricho, sino por una herida muy concreta: estaba convencido de que Batman había matado a su hijo.
Esa obsesión empujaba al villano a meterse de lleno en la vida del héroe. El primer golpe fuerte era una irrupción a la Baticueva, donde Alfred Pennyworth quedaba en calidad de rehén. El segundo, un golpe al corazón del universo de Gotham: la muerte del comisionado Jim Gordon, uno de los personajes más antiguos de la mitología del murciélago. Doble piña al mentón de Batman en el mismo round.
Batgirl aparece y todo se va al infierno
El guion no se quedaba en el golpe bajo. Affleck pensaba sumar a una Batgirl completamente nueva al elenco, una versión distinta a las que ya había en el cine o en la serie animada, pensada para sumarse al Caballero Oscuro en la última etapa de la película. La joven heroína acompañaba a Batman en un enfrentamiento a todo o nada contra Deathstroke que, según el relato del propio Manganiello, dejaba a los dos protagonistas prácticamente desangrados al borde de la muerte. El escape, como tantas veces en Gotham, era en tren elevado, con la ciudad pasando de fondo y el humo metiéndose en cuadro.
La pelea final: cine y videojuego, de la mano
Pero lo que a mí, lectora de historietas desde los doce y fanática confesa de Batman desde entonces, me hace lamer los labios es la descripción del clímax. Manganiello cuenta que Affleck le confirmó que la secuencia final iba a estar modelada directamente sobre la cinemática de apertura de Batman: Arkham Origins, el videojuego que Warner Bros. Interactive lanzó en 2013 y cuya escena inicial estuvo a cargo, atención al dato, de Tim Miller, el mismo director que después se pondría detrás de cámara para Deadpool. Un combate callejero, cuerpo a cuerpo, en el peor escenario imaginable para el héroe. Lo que en el videojuguito funcionaba como una clase de diseño de combate y coreografía brutal, en la pantalla grande iba a ser, como mínimo, un orgasma visual para los seguidores del personaje.
El proyecto murió antes de nacer, claro. El universo extendido de DC se fue reconfigurando y, en 2022, la Warner apostó por un reinicio total: The Batman, con Robert Pattinson debajo de la capucha y Matt Reeves en la dirección. Mientras tanto, James Gunn y Peter Safran ya están armando el nuevo DC Studios, que incluye títulos como The Brave and the Bold, centrada en una versión más clásica del personaje con su hijo Robin, y la esperada The Batman Part II. Deathstroke, en tanto, se recicló hacia otros rumbos, incluida su aparición en las series de Arrowverso y otros proyectos puntuales.
Lo que me queda dando vueltas, y se lo pregunto de corazón a quien se anime a contestarme en los comentarios, es por dónde se cuela la imaginación. A mí me hubiera gustado ver, sobre todas las cosas, ese último combate por las calles de Gotham. No porque descrea de los blockbusters pirotécnicos que hoy llenan las salas, sino porque un mano a mano Affleck-Manganiello, pensado como pieza de relojería oscura, era la clase de disparate poético que esta industria necesitaba para recordarnos que Batman, antes que franquicia, es literatura dibujada en sótanos neoyorquinos. La próxima vez que alguien me pregunte por qué sigo gastando plata en ir al cine a ver películas de capas y antifaces, le voy a pasar este libro debajo de la mesa. Y le voy a decir: acá tenés la prueba de lo que nunca fue, y por eso duele tanto.
