La Pippi que nunca fue: cuando Astrid Lindgren le dijo que no a Miyazaki y el cine de animación cambió para siempre
En 1971, el futuro creador de Studio Ghibli viajó hasta Suecia con una carpeta llena de bocetos y un proyecto de serie animada. La autora sueca lo rechazó por la mala experiencia con una adaptación previa y por descreer del animé. Esos bocetos, igual, no se perdieron: se transformaron en Pandas, en Mimikos pelirrojas y hasta en los cielos de Nicky, la aprendiz de bruja.
Me imagino la escena y se me eriza la piel: un japonés de treinta años, tímido y obsesivo, caminando por las calles empedradas de Visby con una carpeta llena de dibujos bajo el brazo y el corazón latiéndole a mil. Afuera, ese mar Báltico gris que parece de zinc. Adentro, la certeza de que está por cambiarle la vida a una niña imaginaria. Estamos en 1971 y el que camina es Hayao Miyazaki, todavía un animador veinteañero con la fresca de Las aventuras de Hols, el príncipe del sol, la película que se había estrellado en la taquilla y lo había dejado, junto a su socio Isao Takahata, a la deriva del estudio Toei.
La puerta que se abrió (un ratito) y la mujer que la cerró
El productor Yasuo Otsuka los había recogido casi en el aire y los había bajado en A-Pro, un estudio chico que buscaba hacer algo distinto de la rutina televisiva japonesa. Y ahí, entre mates con los fundadores y mucho café, apareció la idea que a los dos los iluminó: adaptar Pippi Calzaslarias, la nena pelirroja más famosa de la literatura sueca, escrita por Astrid Lindgren. Para Takahata, los libros de Lindgren eran una bofetada a la tradición europea de la literatura infantil, que históricamente pintaba a los chicos como sujetitos a corregir. Para Miyazaki, la oportunidad era casi una revancha: hacer algo con significado y dejar de pensar en episodios de veinte minutos.
“Fue algo extraordinario para nosotros. La oportunidad de hacer algo significativo y no solo televisión.”Hayao Miyazaki
- Miyazaki viajó en persona a Suecia en 1971 para negociar cara a cara con Astrid Lindgren.
- La autora ya estaba quemada con Pippi: una adaptación cinematográfica de 1949 la había dejado disconforme.
- Lindgren descreía del animé: le parecía un lenguaje demasiado violento para sus historias.
- El viaje igual rindió: los paisajes de Visby se le grabaron a fuego y reaparecieron, años después, en otra película.
Qué pasó con esos bocetos (spoiler: nada se pierde, todo se transforma)
El no de Lindgren dolió, pero no frenó nada. Casi todo lo que Miyazaki había bocetado para la serie imposible terminó reubicado, sin drama, en otros proyectos. El destino más inmediato fue el mediometraje Las aventuras de Panda y sus amigos, de 1972, que Takahata dirigió y Miyazaki escribió. La protagonista se llama Mimiko: una nena traviesa, independiente y, claro, pelirroja. Si uno mira las primeras planchas del film con ojos atentos, la huella de Pippi está ahí, en el modo de moverse, en la lógica juguetona y antisistema del personaje. Al año siguiente llegó la secuela y Mimiko se consolidó como un pequeño laboratorio de lo que después sería el universo Ghibli entero.
Pero la cosa no termina ahí, y acá es donde la historia se vuelve hermosa. Dieciséis años después del portazo sueco, Miyazaki volvió a esas mismas calles empedradas, a esos mismos cielos pálidos del norte, sin pagar derechos de autor pero cobrándose en imágenes: los usó como referencia para la ambientación de Nicky, la aprendiz de bruja, esa película de 1989 que muchos recordamos con un café y una lágrima. Es decir: la negativa de Lindgren sembró algo que ella misma nunca vio. Una de esas ironías que a mí, personalmente, me reconcilian con el oficio de contar historias.
Por qué esta historia nos sigue importando
Porque es un recordatorio enorme de que las obras que amamos no nacen en el momento en que las vemos: nacen antes, en carpetas abandonadas, en viajes que no salieron como uno quería, en frustraciones que después abren la puerta a otra cosa. Si la señora Lindgren hubiera dicho que sí, probablemente hoy no estaríamos hablando de Mimiko ni de los tejados de Nicky. Y si me apuran, confieso algo que no le digo a cualquiera: cada vez que veo a una nena pelirroja dibujada por un japonés, no puedo evitar pensar que hay una sueca enojada, sin saberlo, bendiciendo el dibujo desde algún estante de Estocolmo. Y eso, para mí, vale la nota entera.
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