La propuesta de una especialista que invita a mirar la salud mental con la lupa de la cocina y la almohada
La psicóloga Kimberley Wilson plantea que cansancio, apatía y ánimo bajo merecen una evaluación que también revise qué se come, cómo se duerme y cuánto se mueve, sin reemplazar la psicoterapia ni los medicamentos cuando hacen falta.
Son las diez de la mañana en un consultorio cualquiera de Buenos Aires y entra alguien con cara de no haber dormido lo suficiente, que arrastra un cansancio que ya se volvió costumbre, que se sienta y dice que no le encuentra la vuelta al día. Antes de abrir el historial clínico y empezar con las preguntas de siempre, la profesional que lo recibe debería detenerse en algo que muchas veces se pasa por alto: qué comió esa persona en las últimas semanas, cómo descansa y cuánto se mueve. Esa es, en pocas palabras, la propuesta que viene empujando desde hace tiempo la psicóloga Kimberley Wilson, una especialista británica que sostiene que la salud mental no se puede evaluar de manera completa si se deja afuera del consultorio lo que pasa en la cocina y en la cama.
Un mapa de los síntomas que pide mirar más allá del diván
La fatiga que no se va, las dificultades para mantener la concentración o ese desánimo que parece pegado al cuerpo pueden ser motivo suficiente como para sentarse a charlar con un profesional, y en esa conversación también debería entrar qué se almuerza. Wilson viene planteando que, ante esos cuadros, la evaluación tiene que incluir cómo se alimenta y cómo se descansa, junto con los antecedentes personales y las situaciones que generan estrés, porque no es lo mismo alguien que atraviesa un duelo que alguien que arrastra una anemia sin saberlo o que come de manera muy restringida hace meses.
En el planteo de la psicóloga, el objetivo es identificar qué factores están interviniendo en cada caso y, a partir de ahí, orientar las intervenciones. Y acá viene una de las claves de su mirada, que yo comparto de manera profunda: una persona con experiencias traumáticas probablemente necesite terapia especializada para trabajar lo que le pasó, mientras que alguien con anemia o con una alimentación muy restrictiva puede ver cómo mejoran parte de sus síntomas al corregir una carencia concreta. No se trata de elegir entre una cosa o la otra, se trata de sumar: la psicoterapia y los medicamentos siguen formando parte del abordaje cuando resultan necesarios, y la comida y el descanso no vienen a competir con ellos sino a completar lo que muchas veces falta.
Qué nutrientes pone sobre la mesa la especialista
- Vitaminas B3 y B12, presentes en carnes, huevos, lácteos y legumbres.
- Zinc y selenio, que se encuentran en frutos secos, semillas, carnes y cereales integrales.
- Omega-3, presentes sobre todo en pescados azules como sardina, salmón y caballa.
- Una porción semanal de pescado azul como piso mínimo recomendado para quienes consumen alimentos de origen animal.
- Consulta con un profesional de salud para evaluar suplementación en dietas vegetarianas o veganas.
Wilson aclara con mucho tino que la insuficiencia de cualquiera de estos nutrientes no determina por sí misma la existencia de un trastorno mental, aunque sí puede agravar factores que ya están vinculados con el cansancio, la irritabilidad o el bajo estado de ánimo. Por eso propone investigar posibles déficits ante síntomas que se sostienen en el tiempo, en lugar de conformarse con la explicación más rápida.
“Su interés por esta relación se afianzó durante su trabajo en la prisión de mujeres de Holloway, en Londres, donde observó dificultades de regulación emocional asociadas con carencias alimentarias. También suele citar ensayos clínicos aleatorizados realizados en contextos de encierro, donde la administración de micronutrientes se asoció con menos episodios violentos, aunque esa asociación de ningún modo permite reducir toda la conducta de una persona a lo que come.”Kimberley Wilson, psicóloga
Sueño, movimiento y vínculos: los otros eslabones del rompecabezas
La revisión que propone la especialista no se agota en el tenedor y la cama, y eso me parece lo más valioso de todo el planteo. También entra el sueño, el sedentarismo, el consumo de sustancias, los conflictos personales y el estrés laboral, porque la cabeza no funciona en aislamiento de lo que le pasa al cuerpo ni del entorno donde se vive. Los efectos de modificar la alimentación, el descanso y el movimiento, eso sí, no aparecen de un día para el otro: pueden tardar meses en hacerse notar, y durante ese tiempo hace falta sostener la indicación y acompañar al paciente para que no abandone antes de tiempo. Vuelvo al consultorio de las diez de la mañana, a esa persona que se sentó agotada y que probablemente se vaya con una lista nueva de preguntas para hacerse, no solo en la silla del psicólogo sino también en la cocina y a la hora de acostarse, porque la salud mental, parece, también se construye con lo que se come y con las horas que se duerme.
