La VTV del amor: por qué Rolón propuso pasarle la revisión a la pareja y mirar de frente el miedo a estar solo
El psicoanalista y escritor sugirió revisar los vínculos como se revisa un auto: para detectar qué se desgasta, qué se repara y qué conviene no seguir forzando. En diálogo con Novaresio, habló de la costumbre, la resignación y la compañía que no alcanza.
El estudio de Luis Novaresio, en Buenos Aires, recibió esta semana a Gabriel Rolón con una pregunta que él convirtió en una imagen que se va a quedar dando vueltas un buen rato: la de llevar la pareja a la VTV, esa revisión técnica obligatoria que todos los conductores argentinos conocen bien. La idea, según fue desarrollando Rolón durante la charla, es tan simple como potente: así como uno lleva el auto cada cierto tiempo para que un mecánico le diga qué anda mal antes de que el motor se rompa en la ruta, también habría que sentarse cada tanto a revisar cómo está funcionando ese vínculo afectivo que, muchas veces, sostenemos por inercia más que por convicción.
Porque, miren, hay algo que a esta columnista le llamó la atención de cómo lo planteó Rolón: no arrancó hablando del amor ni de la pasión ni de esas palabras grandilocuentes que suelen poblar las conversaciones sobre parejas. Arrancó hablando de sufrimiento. De gente que sufre porque no logra aceptar aspectos de la persona que tiene al lado y sin embargo sigue adelante. De gente que se resignó y sigue. De gente que se queda porque la alternativa, que es estar solo, le pesa más que el malestar de seguir como está. Y a mí, les confieso, eso me resonó especialmente porque es una descripción que aplica a muchísimos vínculos que uno ve a su alrededor, empezando por el de conocidos, amigos, familiares y, por qué no, también el propio cuando uno se anima a mirarlo con un poco de honestidad.
El miedo a estar solo como motor silencioso
Rolón ubicó al miedo a la soledad entre los motivos menos confesados pero más determinantes que llevan a una persona a sostenerse dentro de una relación que ya le hace daño. No lo dijo como una acusación, lo dijo como una observación clínica, con esa cadencia calmada que tiene cuando despliega sus argumentos. Compañía de alguien querido, explicó, ofrece calma, pero no borra toda experiencia de soledad. Puso un ejemplo casi físico que a mí me pareció muy elocuente: incluso un abrazo, sostuvo, puede aliviar lo que una persona siente sin terminar de resolverlo. Es como si la presencia del otro pusiera un parche sobre una herida que sigue ahí, debajo, latiendo. Y eso, aplicado a la vida cotidiana, explica muchísimo de por qué muchas parejas siguen conviviendo, durmiendo en la misma cama, compartiendo la mesa, mientras por dentro cada uno carga con un padecimiento que no nombra.
“El deseo te incomoda porque te señala la falta. Se desea lo que no se tiene.”Gabriel Rolón
La falta que no se completa nunca del todo
Y acá vino la segunda parte de la conversación que a mí, particularmente, me dejó pensando un buen rato. Rolón conectó todo esto con su mirada sobre el deseo, y la formuló con una claridad que desarma: cuando uno consigue aquello que quería, no se apaga la sensación de que algo falta. No desaparece. Esa búsqueda puede ser conseguir un trabajo, alcanzar un éxito profesional, leer un libro que teníamos pendiente, tener un hijo o encontrar una pareja, y sin embargo, en todos los casos, aparece esa persistencia de la falta que él describe como una condición humana más que como un defecto personal. La vinculó, además, con la conciencia de que la vida y los afectos no son permanentes, lo cual vuelve a poner sobre la mesa algo que muchas veces preferimos no mirar: que convivimos con límites todo el tiempo, también dentro del amor.
Vuelvo entonces a la escena del principio, a ese living de televisión donde Rolón le propuso al público pasarle la VTV al vínculo. Lo que me llevo, y se los comparto porque creo que vale la pena, es la invitación a hacerse una pregunta que no es cómoda pero sí necesaria: cuánto de lo que uno sostiene en su pareja responde a lo que efectivamente quiere, y cuánto a la costumbre, a la resignación o al temor de quedarse sin compañía. No es una pregunta que se contesta en cinco minutos ni mirando el techo antes de dormir. Es una pregunta para hacerse en serio, preferentemente acompañado por alguien que sepa escucharlo a uno sin apurarlo. Y también, por qué no, para repetirla cada cierto tiempo, así como uno lleva el auto al taller antes de que algo se rompa en la ruta.
