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Lo que duele por dentro también acorta el camino: la soledad y el aislamiento pasan factura a la salud

Un estudio con más de 277.000 adultos británicos encontró que quienes se sienten solos o viven aislados pierden años de vida sin enfermedades, y que los hábitos saludables no siempre alcanzan para compensar el peso de la soledad.

Por Delia ChocobarSociedad y comunidades · · hace 20 d
Lo que duele por dentro también acorta el camino: la soledad y el aislamiento pasan factura a la salud

Son las siete y veinte de la mañana en un colectivo de la línea 29 que atraviesa el barrio de Belgrano y un señor de barba canosa, que se sienta solo en el asiento del fondo, me cuenta con voz cansada que ya no queda nadie en la peña de los jueves. Me dice, mientras mira por la ventanilla cómo se enciende la ciudad, que dejó de juntarse con los muchachos después de que la pandemia se llevó al último de sus compañeros de taller. Esa escena, que se repite en miles de casas y de cafés de la Argentina, es la misma que un equipo de la Universidad de Tulane, en Estados Unidos, quiso medir en números: cuánto cuesta, en años de vida saludable, vivir sin vínculos o vivir sintiéndose solo, que no es exactamente lo mismo.

La investigación, difundida el 22 de septiembre de 2026 a través de un comunicado de esa casa de estudios, siguió durante años a más de 277.000 personas inscriptas en el Biobanco del Reino Unido, todas con edades entre los 40 y los 69 años. Al momento de sumarse al estudio, ninguno de los voluntarios padecía ninguna de las siete enfermedades que los investigadores decidieron vigilar: diabetes, problemas cardíacos, males pulmonares, demencia, cáncer, depresión y ansiedad. Tomando como referencia los 50 años, los científicos calcularon cuántos años más podían esperar vivir libres de esos padecimientos, y después compararon los resultados según el grado de soledad y de aislamiento social que cada uno declaraba.

Doss distintos que pesan distinto en el cuerpo

El primer punto que aclara el trabajo, y que a mí me parece clave para no confundir al lector, es que el aislamiento social y la soledad no son sinónimos. El aislamiento social es algo objetivo: se trata de tener pocas relaciones o de interactuar poco con los demás. La soledad, en cambio, es un sentimiento, es el malestar que produce no encontrar una conexión significativa con los otros, tal como la define el Consejo Nacional de Envejecimiento. Por eso, alguien puede vivir casi sin ver gente y no sentirse solo, si esos vínculos que mantiene le alcanzan y lo contienen. Y al revés: alguien rodeado de familia y compañeros de trabajo puede sentirse profundamente solo, porque le falta ese lazo más profundo que todos necesitamos.

Esa diferencia no es un detalle académico. Cuando los investigadores separaron los dos fenómenos, los números contaron historias distintas, y los hábitos de vida no actuaron de la misma manera frente a uno y otro. Una alimentación saludable, hacer actividad física, dormir bien y no fumar amortiguaron la pérdida de años sin enfermedades que aparecía en las personas más aisladas socialmente. Sin embargo, esos mismos hábitos no lograron reducir de manera significativa los riesgos que venían asociados con sentirse solo. La conclusión es incómoda pero honesta: cuidarse el cuerpo ayuda, pero no alcanza cuando lo que duele es por dentro.

Los números que dejó el seguimiento

  • Más de 277.000 personas del Biobanco del Reino Unido fueron seguidas a lo largo del estudio, con edades iniciales de entre 40 y 69 años.
  • Las mujeres que sufrían soledad y aislamiento social perdieron en promedio 2,4 años de vidaada sin enfermedades físicas.
  • Los hombres en la misma situación perdieron 1,7 añosados de vida saludable en el plano físico.
  • En salud mental, la brecha fue mayor: 3,7 años menos para las mujeres y 5,8 años menos para los hombres.
  • Los datos se difundieron el 22 de septiembre de 2026 en un comunicado de la Universidad de Tulane, en Estados Unidos.
  • El investigador principal, Lu Qi, epidemiólogo de esa universidad, destacó que los hallazgos atraviesan tanto la salud del cuerpo como la de la mente.

Como periodista que recorre estos temas, me parece importante detenerme en una de las cifras que más me golpeó: los 5,8 años de diferencia en salud mental que arrastran los hombres que se sienten solos. Es una brecha enorme, mucho más profunda que la que se observa en las enfermedades del cuerpo, y pone sobre la mesa algo que en la Argentina conversamos poco: los varones suelen tener menos redes de afecto, llegan a la adultez mayor con amistades más ralas y, cuando aparecen los primeros dolores del alma, muchas veces no tienen a quién llamar. Lo dijo el propio Lu Qi en el comunicado de Tulane, cuando señaló que los hallazgos abarcaban tanto la salud física como la mental, y que no podían mirarse por separado.

Antes de cerrar, quiero volver al señor del colectivo de la línea 29, que mientras el micro doblaba en avenida Cabildo me confesó que ya no tiene con quién hablar de sus hijas. Le pregunté qué hacía para estar bien y me dijo, con una media sonrisa, que camina todas las mañanas por el parque y que come fruta, pero que la cabeza no se la cuida nadie. Esa frase, que podría ser la de cualquiera de nosotros, condensa lo que esta investigación viene a decirnos con sus gráficos y sus estadísticas: los hábitos saludables son el piso, nunca el techo, y a veces lo que más necesitamos no es una receta médica sino una mesa servida y alguien sentado del otro lado.

DC
Delia ChocobarSociedad y comunidades

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