Milán volvió a vestirse de fiesta: faldas, lentejuelas y un guiño a los 2000 marcan la pulseada por el verano europeo del 2027
La Semana de la Moda de Milán cerró su última edición con las colecciones primavera-verano 2027 de las grandes casas italianas. Entre faldas con aberturas, lencería, maximalismo y despedidas creativas, la pasarela dejó un mapa claro de hacia dónde mira la moda que se viene.
Son las últimas horas de una semana agotadora en el Quadrilatero della Moda y, todavía con el zumbido de los flashes en los oídos, me animo a decir que Milán volvió a ponerse el traje de capital mundial de la moda. Las pasarelas de la Semana italiana ofrecieron, entre el viernes y el lunes pasados, las colecciones primavera-verano 2027 de las casas que dictan buena parte de la conversación global sobre qué se va a llevar en la próxima temporada cálida europea. Y la sensación que me queda, caminando por vía Montenapoleone todavía con la libreta en la mano, es que la pasarela apostó fuerte por la sensualidad, el brillo y un regreso abierto al maximalismo de principios de los 2000.
Prada y Fendi marcaron el pulso inicial de la semana
La jornada inaugural tuvo a Miuccia Prada, en su estudio de la via Bergognone, abriendo la semana con la falda como gran protagonista. Junto a Raf Simons, la diseñadora milanesa volvió a demostrar que sigue interesada en la prenda más clásica del armario femenino: la vimos plisada, recta, con grandes aberturas, con estampados florales que recordaban a los años setenta, con lazos, con lentejuelas y hasta con apliques de joyería directamente cosidos a la tela. Pocas horas después, Fendi llevó la sensualidad a otro nivel: transparencias, encajes y prendas inspiradas en la lencería, con una colección que, según la propia casa, recuperó la estética setentosa y rindió homenaje a la italiana Raffaella Carrà, la bailarina y conductora fallecida en 2021 que fue un ícono de la televisión de su país.
En Marni, la flamante directora creativa Meryll Rogge –que tomó las riendas de la marca en 2024– apostó por la combinación inesperada: parkas con sandalias, lunares con rayas, suéteres amplios sobre pantalones de cuero. Roberto Cavalli, en tanto, volvió sin complejos al espíritu de los 2000 con estampados animales, denim de tiro bajo y más transparencias, en una decisión que confirma que la estética de principios de siglo volvió para quedarse.
Gucci, Dolce & Gabbana y el debut de la nueva era de Moschino
El sábado fue el turno de Gucci, que presentó en el Deposito de la plaza Sei Febbraio su segunda colección con Demna al frente, el diseñador georgiano llegado desde Balenciaga. La puesta en escena simuló una boutique de lujo: las modelos aparecían entre estanterías, probándose abrigos y accesorios. Sastrería entallada, referencias ecuestres y abrigos de piel sintética convivieron con faldas de corte noventero, en una propuesta que mostró al nuevo Gucci todavía en etapa de construcción de su propio lenguaje.
En simultáneo, Domenico Dolce y Stefano Gabbana se inspiraron en los guardarropas de las grandes familias sicilianas para construir una colección atravesada por encajes, estampados de leopardo, bordados y joyas de herencia familiar. La dupla lombarda, una vez más, hizo una declaración de amor a la Italia más barroca y excesiva.
La semana también dejó movimientos importantes en los equipos creativos. Simone Rizzo y Loris Messina debutaron al frente de Moschino con una propuesta que, según la prensa especializada, recuperó el humor y la irreverencia asociados a la firma fundada por Franco Moschino en 1983. En paralelo, el belga Glenn Martens presentó su última colección para Diesel tras cinco años al frente de la marca, cerrando un ciclo que dejó al denim italiano con una nueva identidad internacional.
Armani cerró con brillo y la pregunta abierta sobre la pasarela local
El cierre, como ya es tradición, estuvo a cargo de Armani. Silvana Armani, sobrina de Giorgio, presentó una colección que mantuvo la elegancia característica de la casa e incorporó cristales, lentejuelas y tejidos metalizados. Sobre la pasarela desfilaron vestidos fluidos en blanco y negro, con escotes pronunciados y siluetas ligeras que brillaron bajo una enorme bola disco colgada del techo de su espacio en via Bergognone. Una manera de decir, con el glamour de siempre, que la maison sigue siendo un faro para la moda italiana.
Ahora bien, mientras escribo esta columna y miro el cuaderno con los apuntes de los cuatro días, me queda la sensación de que la Semana de la Moda de Milán 2026 dejó un mensaje claro: la moda que se viene para la primavera y el verano del 2027 en Europa es más sensual, más brillante y más desprejuiciada que la de los últimos años. ¿Servirá también de espejo para lo que veamos en la próxima edición del Buenos Aires Fashion Week? Por ahora, es pronto para saberlo, pero la conversación ya está abierta y la pasarela italiana acaba de lanzar la primera piedra.
