Rubén Rada se fue y dejó una lección: la música nueva no se mira de reojo, se abraza
El cantante uruguayo murió esta semana y sus últimas reflexiones sobre el recambio generacional quedaron flotando en el aire como un testamento artístico. Lo que dijo de Tini, Trueno, Wos y otros pibes que recién empiezan revela una forma de entender la escena muy distinta a la del viejo maestro que se queja del presente.
La peña estaba tibia, todavía con el murmullo de la última canción colgado en el aire, cuando me enteré de que Rubén Rada se había ido. Me lo imaginó sentado al borde del escenario, con esa sonrisa que tenía de hombre que ya había visto todo y, sin embargo, seguía con los ojos bien abiertos. Y pensé que lo último que había hecho público, en las últimas entrevistas, había sido justamente eso: abrir los ojos a lo que viene en lugar de mirar con nostalgia lo que ya pasó. Es raro cuando un artista se va y lo que queda dando vueltas no son los títulos de sus canciones sino sus opiniones. Pero con Rada pasa eso, y me parece que tiene que ver con cómo encaró sus últimos años: como un obrero de la música que todavía estaba aprendiendo.
Un mapa de afinidades trazado sin rencor
Porque en los últimos tiempos, cada vez que le preguntaron por los músicos jóvenes, Rada no se hizo el duro ni el lejano. Al contrario, los nombró uno por uno, con nombre y apellido, como si estuviera armando un árbol genealógico de la música que le gustaba escuchar. Mencionó a Tini, a Trueno, a Wos, a Conociendo Rusia, a Nafta, a Catriel. Y también tiró al medio a Ricardo Mollo y a El Plan de la Mariposa, que lo venían a ver a Montevideo cada vez que podían. No era un reconocimiento protocolar de veterano generoso. Era otra cosa, más genuina, más de padre musical que señala con el dedo a quien le parece que vale la pena seguir.
“Todo tiempo pasado no fue mejor. El mejor tiempo es el que viven los jóvenes ahora porque es el tiempo de ellos.”Rubén Rada
La frase que desarma al viejo maestro
Esa es la frase que a mí, particularmente, me dejó dando vueltas varios días. La dijo en una de esas entrevistas que quedan como pequeñas cápsulas de tiempo. Y no la dijo enojado ni resignado, la dijo con la convicción del que ya recorrió bastante camino y sabe que el camino sigue. Lo notable es que no le tembló la voz al momento de reconocer que los recursos, los sonidos y las formas de producción de hoy configuran un escenario distinto al que le tocó a él. Y que esa diferencia, lejos de ser una amenaza, es lo que mantiene viva a la música.
La advertencia y la lección
Ahora bien, ojo, que Rada no era un abuelo bonachón que le daba like a todo lo que sonaba. Tenía claro algo que muchos tardan décadas en aprender, y lo decía con la crudeza de alguien que conoce el oficio desde adentro. La exigencia se la planteó a los que recién empiezan como una suerte de mandato: divertirse, sí, pero sin estancarse. Evolucionar o desaparecer, esa era, en el fondo, la ecuación que proponía.
“Que se diviertan, pero que se acuerden que no pueden quedarse en ese lugar, que después de esto tiene que venir otra cosa, si no la gente no les cree.”Rubén Rada
- Tini, a quien Rada seguía con atención por su capacidad de reinventarse en cada disco.
- Trueno, del que destacaba el pulso popular y la llegada a un público que él nunca tuvo.
- Wos, al que valoraba por la densidad lírica y la profundidad conceptual de sus proyectos.
- Conociendo Rusia, Nafta y Catriel, nombres que Rada mencionó como parte de una camada que estaba rompiendo.
Y acá viene lo más lindo, lo que a mí me parece que cierra la cosa con un moño perfecto. El propio Rada, a sus años, había grabado una canción con un artista de rap que acumuló quince millones de reproducciones. Y cuando les contó a sus nietos lo que había hecho, ellos le dijeron que recién ahí se había ido para arriba. Imagínense la escena: el Negro Rada, figura ineludible del candombe y del jazz uruguayo, recibiendo el diploma de aprobación de sus propios nietos. Esa imagen, para mí, resume toda su filosofía. No hay edad para aprender, no hay edad para aggiornarse, y no hay nada más triste que un músico que se queda repitiendo el mismo truco hasta que el público lo termina dejando de lado.
También se permitió una honestidad que a muchos les cuesta. Reconoció que nunca tuvo la masividad de otros colegas de la región. Y lo dijo sin drama, casi como al pasar, con la paz del que sabe dónde está parado. Me conocen todos los músicos del mundo, pero no el público, fue una de las frases que le quedaron dando vueltas. Y esa frase, lejos de sonar a queja, suena a descripción. Su lugar en la escena siempre fue el de un tipo más reconocido por sus pares que por el público masivo, y eso, en vez de amargarlo, lo empujó a seguir tocando, a seguir buscando, a seguir abriéndose a lo nuevo.
Mi balance, en primera persona
Personalmente, lo que más me queda de Rubén Rada en estos días no es una canción puntual ni un disco puntual. Es esa manera de pararse frente al cambio. La mayoría de los músicos de su generación, cuando hablan de los pibes nuevos, lo hacen con esa mezcla de resignación y desconfianza que ya sabemos cómo termina. Rada eligió el camino opuesto. Los miró, los escuchó, los nombró, los alentó, y les marcó la vara al mismo tiempo. Y eso, en un mundo de la música que suele ser tan jodido con el recambio, es una rareza que vale la pena celebrar. Se fue uno de los grandes, sí, pero se fue dejando una lección que ojalá muchos de los que empiezan hoy se tomen en serio. La música no es un museo, y el que se queda quieto termina siendo una pieza de exposición. La música es movimiento, y Rada, hasta el último día, se movió.
