Teresita, la profesora jubilada que hizo florecer almendras entre los yuyos del río Limay
A los 62 años, la ex docente de Biología Teresita Peláez cultiva una hectárea en Plottier y vende almendras naturales, tostadas y harina. Cómo un hobby pensado para sacarle malezas al terreno se volvió un emprendimiento artesanal que la sostuvo mientras atravesaba un cáncer durante la pandemia.
Son las primeras horas de la mañana en el barrio Piscicultura de Plottier, a metros del río Limay, y entre las hileras de almendros se adivina el ritmo paciente de una jornada que empieza con la poda y termina, muchas veces, con el empaquetado de la cosecha. Ahí está Teresita Peláez, profesora de Biología jubilada, caminando entre los árboles como quien vuelve a un aula distinta, uno donde en lugar de tiza y pizarrón hay tierra, ramas y frutos secos. Tiene 62 años y, aunque podría haberse quedado en casa, eligió seguir construyendo Almendras del Limay, el emprendimiento que arrancó casi sin querer y que hoy la define tanto como las décadas que pasó frente al aula.
La historia empieza hace casi veinte años, cuando Teresita compró una hectárea a orillas del Limay. El lote estaba cubierto de yuyos y la prioridad fue levantar la casa. La pregunta por el resto del terreno quedó flotando un tiempo largo, hasta que un día se rompió un tramo del alambrado. "Dejar la tierra sin trabajar significaba que las malezas volverían, pero gastar el agua del riego solo en el césped me parecía un desperdicio", cuenta ella, todavía hoy, con la misma lógica práctica que la guió en 2013. Recordó entonces un almendro que había plantado años antes en otro rincón del terreno y se preguntó por qué no sumar más.
Una idea que arrancó junto al alambrado roto
Lo que siguió fue una consulta en el Centro PyME de Plottier, donde la ingeniera Silvana Moschini la asesoró y, según recuerda Teresita, le terminó de abrir el horizonte. "Es una enamorada de los almendros, hizo que me enamorara", resume la propia Teresita sobre aquel primer cruce. En 2013 plantó los primeros árboles justamente donde había estado el agujero del alambrado y dos años después incorporó un segundo cuadro de plantación, lo que empezó a darle forma a lo que hoy se conoce como Almendras del Limay.
- Almendras naturales, sin agregado de sal ni azúcar.
- Almendras tostadas, pensadas para consumir como snack.
- Almendras saladas, listas para acompañar una picada.
- Garrapiñadas de almendras, una de las especialidades más pedidas.
- Harina de almendras, un producto pensado para repostería y celiacos.
- Además de los frutos, el lote tiene colmenas, plantas aromáticas, huerta y un invernadero propio construido durante la pandemia.
Por entonces la profesora todavía daba clases en escuelas de la zona y el proyecto era, en sus palabras, "un hobby que a veces me ha resultado un poco caro". Una ventaja práctica pesó desde el arranque: las almendras no necesitan venderse de inmediato después de la cosecha, lo que le permitió a Teresita manejar los tiempos sin que el emprendimiento se le transformara en una carga extra mientras seguía ejerciendo la docencia. Con los años, el hobby fue tomando cuerpo. Hoy Teresita participa de cada etapa, desde la poda y la fertilización hasta la cosecha y el empaquetado final, y trabaja de manera permanente junto a José Luis, un hombre con experiencia en chacras que se jubiló y se sumó al proyecto. "Es muy artesanal", describe ella, casi como pidiendo disculpas por no tener una fábrica detrás y, al mismo tiempo, reivindicando ese carácter de producción chica, cuidada, hecha a mano.
La pandemia, el cáncer y el invernadero como refugio
El espacio no quedó acotado a los almendros: los árboles abrieron la puerta a la apicultura, a las plantas aromáticas, a la huerta y, durante la pandemia, a la construcción de un invernadero propio. Fue precisamente en esos meses cuando el vínculo con la tierra tomó otra dimensión para Teresita. A la par del aislamiento social, ella atravesó un cáncer mientras seguía el tratamiento médico, y encontró en las tareas cotidianas del invernadero una forma de sostenerse anímicamente. "No sabía si el tratamiento iba a funcionar y entonces me agarraba de los almendros y de las plantas, que me daban una continuidad", reconoció. La producción, en ese contexto, dejó de ser solo un negocio pequeño y pasó a ser casi un anclaje cotidiano, una manera de ponerle nombre y horario a cada día mientras la rutina del tratamiento marcaba la agenda.
Hoy, con la salud estabilizada y el emprendimiento consolidado, Teresita vuelve a pararse entre las mismas hileras de almendros del barrio Piscicultura que la vieron empezar. Lo que fue una solución improvisada para que los yuyos no volvieran a ganar el lote se transformó, sin que ella lo planeara del todo, en una segunda vida laboral y en un motor para atravesar los momentos más difíciles. Y cada vez que alguien le pregunta cómo se hace para empezar algo grande en una sola hectárea, Teresita Peláez, la profesora jubilada de Plottier, responde con la misma frase de siempre: "Empecé por un agujero en el alambrado y un almendro viejo que ya estaba dando frutos".
