The Good Place: cuatro temporadas para preguntarse qué significa ser buena gente
La comedia de Michael Schur llega a su recta final con 53 episodios que mezclan filosofía, dilemas éticos y un elenco donde Ted Danson brilla como el arquitecto de un cielo que no es lo que parece.
Me acuerdo de la primera vez que escuché hablar de The Good Place: fue en una sobremesa con amigos, mientras alguien intentaba explicarme, con las manos y todo, que existía una serie que mezclaba a Kant con demonios con forma de mariposa gigantes y que, encima, te dejaba pensando durante días sobre cómo veníamos tratándonos los unos a los otros. Así que cuando me senté a revisitar las cuatro temporadas y los 53 episodios de esta creación de Michael Schur, ya iba preparado para el golpe. Y sin embargo, me volvió a pegar.
La puerta de entrada es casi una broma: Eleanor Shellstrop muere y aterriza en un vecindario idílico, lleno de vecinos amables y margaritas de cortesía, reservado para las buenas personas del mundo. El detalle es que Eleanor sabe, mientras le sirven el primer cóctel sin alcohol, que ella no tiene absolutamente nada que hacer ahí. Su vida fue un catálogo de egoísmo, de estafas a las personas equivocas, de vecinos a los que ni siquiera les devolvía el saludo. Esa contradicción, esa primera escena en la que reconoce en voz alta que es una basura de persona en el lugar equivocado, es la mecha que enciende todo lo que viene después.
Una pandilla improbable para discutir lo que importa
Porque Eleanor no está sola en su confusión. La acompañan, también llegados por error, Chidi Anagonye, un profesor de filosofía y ética que lleva toda la vida intentando actuar correctamente y que tartamudea cuando tiene que dar el primer paso; Tahani Al-Jamil, una mujer cuya perfección aparente disimula un pozo de inseguridades que da miedo asomarse; y Jason Mendoza, un tipo que apenas terminó la secundaria y que, según él mismo admite, está más preparado para resolver debates sobre filosofía que para decidir qué ponerse por la mañana. Los cuatro están siendo observados por Michael, el arquitecto del lugar, al que Ted Danson le pone ese tono de vendedor de casas amable con un guiño constante que se vuelve una de las mejores cosas de la serie.
Esa troupe es la que sostiene el corazón del asunto: cuatro personas que no se elegirían como compañeros de mesa en un bar de ruta, obligadas a convivir y a preguntarse, en serio, qué significa portarse bien. Y lo hacen mientras discuten sobre utilitarismo, consecuencialismo, la ética deontológica y, claro, las categorías de Kant, mientras esquivan a unos seres fantásticos que parecen sacados de un cuento infantil con fallas.
La filosofía entra sin pedir permiso
- Chidi enseña a Eleanor a pensar en las consecuencias de cada decisión, desde mentir en un formulario hasta decir una verdad que duele.
- Tahani lucha contra la necesidad de ser vista como exitosa mientras descubre que el reconocimiento ajeno no calma lo que falta por dentro.
- Jason, con su lógica propia, termina diciendo algunas de las frases más lúcidas de toda la serie, casi sin querer.
- Michael observa, manipula y termina transformando su propia mirada sobre los humanos que tiene delante.
Lo que más me gusta, y lo digo en primera persona, es que la serie nunca te sermoniza. Te hace reír con situaciones absurdas, con situaciones imposibles, con un vecino eterno que vende seguros y con demonios con forma de plantas, y al mismo rato te deja pensando cuánto hace que no le devolvés el llamado a tu vieja o cuántas veces elegiste lo fácil en lugar de lo correcto. Esa es la trampa que Michael Schur le tiende al espectador, y funciona.
A lo largo de sus cuatro temporadas, la serie no esquiva los temas pesados: la pérdida, el paso del tiempo, lo que significa acompañar a alguien y, sobre todo, la posibilidad real de que una persona cambie aunque venga cargando una mochila pesada. El final, que no pienso spoilear acá, cierra el recorrido de estos personajes con la seriedad justa, sin golpes bajos ni moralinas vacías.
“Lo que veníamos haciendo con los otros no se mide en grandes gestos: se nota en las decisiones chicas, las de todos los días.”Espíritu general de The Good Place
Si todavía no la vieron, este es un buen momento para empezar. Y si ya la vieron, como me pasó a mí mientras preparaba esta nota, es una excusa perfecta para volver a entrar al vecindario y quedarse un paren de capítulos mirando el techo del living, repensando. ¿Qué dilema de la serie te gustaría debater?
