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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Un museo de fotografía en el corazón de la quebrada jujeña que se niega a poner un cartel en la ruta

El Museo Entre los Cerros, en Huichaira, funciona desde 2012 por pura obra del boca en boca: sin señalización ni publicidad, convoca a visitantes de toda la Argentina y se sostiene con donaciones de autores como Marcos López, Graciela Iturbide y Martín Chambi. Hoy suma biblioteca, residencias artísticas y una escuela gratuita para jóvenes fotógrafos del norte.

Por Delia ChocobarSociedad y comunidades · · hace 50 d
Un museo de fotografía en el corazón de la quebrada jujeña que se niega a poner un cartel en la ruta

Llego a la Quebrada de Huichaira una mañana de julio y lo primero que me llama la atención es lo que no está: sobre la ruta 9, frente a Tilcara, no hay un solo cartel que avise que a pocos metros del asfalto funciona un museo dedicado por entero a la fotografía argentina y latinoamericana. Hay que girar la cabeza, preguntar a algún vecino o dejarse llevar por una indicación medio susurrada, del tipo «metase por el camino de tierra, siga de largo y va a ver una casa grande de adobe». La experiencia, me digo mientras el auto levanta polvo, empieza justamente por esa ausencia de marcas, como si el lugar se empeñara en no gritar para que uno llegue predisuesto al silencio.

Una casa de barro que se hizo museo

El fundador se llama Lucio Boschi, tiene 60 años y nació en la provincia de Buenos Aires, aunque hace más de dos décadas que vive en estos cerros del norte jujeño. Me recibe en el patio de la construcción original, la primera que levantó en el terreno: paredes gruesas de adobe, techo de cardón y una luz que entra filtrada, como si la propia quebrada le regalara claridad a las fotografías colgadas adentro. Boschi me cuenta que llegó a la zona siguiendo el curso del río Huichaira, se topó con esta formación natural y, después de mucho andar, decidió comprar el lote y echar raíces. Primero fue una casa. Después, cuando los amigos empezaron a dejarle sus fotos para que las cuidara, la casa se fue transformando, sin demasiada planificación, en el Museo Entre los Cerros, que en la jerga del lugar todos llaman simplemente MEC.

La decisión de no señalizar el museo desde la ruta no fue un descuido ni un problema de presupuesto: fue, me dice Lucio con tono tranquilo, una elección consciente. «Yo quería que la gente lo encontrara, no que lo consumiera de pasada», resume mientras cruzamos una sala donde las obras cuelgan a la altura de los ojos, iluminadas por ventanales que miran hacia los cardones. Esa filosofía de «descubrir» explica por qué los primeros visitantes fueron los chicos de la escuela rural de Huichaira, después los guías de turismo de Tilcara y Purmamarca, y recién mucho más tarde los curadores y directores de museos internacionales que hoy recomiendan el lugar.

Una colección armada con cartas y confianza

La colección permanente es, quizá, la parte más asombrosa de la historia. Boschi la armó sin dinero para comprar, sin sponsor y sin campañas de crowdfunding: a fuerza de cartas, mails y llamados a colegas que había conocido en años de trabajo como fotógrafo en distintos países de la región. La respuesta, cuenta, fue casi siempre la misma. «Les escribía a los autores y les decía que tenía un museo de adobe en la Puna y que quería cuidar sus fotos. Todos me dijeron que sí», relata todavía un poco asombrado. El resultado es un acervo que incluye nombres pesados de la fotografía latinoamericana:

  • Marcos López, referente argentino de la foto color narrativa.
  • Graciela Iturbide, la mexicana autora de «Nuestra Señora de las Iguanas».
  • Martín Chambi, el maestro cusqueño considerado padre de la fotografía andina.
  • Alessandra Sanguinetti, argentina radicada en el exterior y ganadora del premio Hasselblad.
  • Irina Werning, conocida por sus retratos que repiten escenas del pasado.
  • Rodrigo Abd, fotoperiodista con amplia trayectoria internacional.

Formación, residencias y un programa para los pibes del norte

Antes de irme, vuelvo a la escena del principio: la ruta 9, el sol filtrando entre los cerros y la ausencia total de cartelería. Le pregunto a Lucio si no le da vergüenza que pase gente de largo, turistas con poco tiempo que quizá nunca se enteren de que acá adentro hay obras de Graciela Iturbide o de Martín Chambi colgadas con ganchos de campo. Se ríe con una mezcla de paciencia y de terquedad de puna. «Si se lo perdieron, vuelven otro día», me dice, como quien repite una fórmula probada durante trece años. Salgo manejando por el camino de tierra, miro por el espejo retrovisor la silueta de adobe recortada contra los cerros y pienso que, en un país donde la cultura suele promocionarse a los gritos, este museo insiste en dejarse encontrar. Y, por ahora, le sigue funcionando.

DC
Delia ChocobarSociedad y comunidades

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