Un paseo por las entrañas del Malacara, el volcán mendocino que se camina por dentro
En el paraje La Batra, la familia Quezada administra un circuito que atraviesa dos de las tres cárcavas del volcán y termina en un mirador con vista a la laguna de Llancanelo. La geóloga Corina Risso fue quien descubrió el potencial del lugar y acompañó su apertura al turismo.
El aire se siente más frío apenas se entra a la primera cárcava del Malacara, y la luz, que llega filtrada desde arriba, deja ver paredes onduladas pintadas de amarillo intenso y, más arriba, depósitos negros que parecen ceniza endurecida. Estoy en el paraje La Batra, en el sur de Mendoza, a pocos kilómetros de Malargüe, caminando por el interior de un volcán que la familia Quezada decidió abrir al público después de años de trabajo junto a una geóloga de la Universidad de Buenos Aires.
El recorrido, tal como lo cuentan quienes lo hacen cada semana, empieza entre paredones de roca y termina en un mirador natural desde donde, si el día acompaña, se distingue a lo lejos la laguna de Llancanelo, con su espejo de agua quieta y los Andes como telón de fondo. En el medio hay dos cárcavas que se atraviesan a pie, con tramos de suelo volcánico que se desgraniza al tacto y pasadizos estrechos donde el viento sopla de una manera que sorprende.
Un volcán formado al encuentro del agua y el fuego
Para entender los colores que aparecen en cada pared, la voz de referencia es la de Corina Risso, geóloga, investigadora y docente de la Universidad de Buenos Aires, que llegó al lugar a fines de los años noventa y fue la primera en estudiarlo en detalle. Risso me explica, mientras caminamos, que el Malacara se originó por el encuentro del magma con agua, probablemente de una laguna que ya no existe, y que esa interacción fragmentó la lava y dejó los tonos amarillos que hoy se ven en buena parte del circuito. Más tarde, cuando el agua dejó de intervenir, la erupción continuó y acumuló encima los materiales oscuros que cubren las paredes superiores.
“La interacción del agua con el magma fragmentó la lava, y la alteración posterior de esos materiales es la que produjo las superficies amarillas que vemos hoy en las paredes del Malacara. Mucho después, la erosión abrió los corredores que recorremos.”Corina Risso, geóloga e investigadora de la Universidad de Buenos Aires
Del campo ganadero al circuito turístico
- En 2000, la geóloga Corina Risso llegó al paraje La Batra con el apoyo de Alberto "Beto" Quezada, integrante de la familia dueña del campo donde se encuentra el volcán.
- Dos años más tarde, en 2002, Risso presentó sus investigaciones en Malargüe, en un encuentro científico que terminó de darle forma al proyecto turístico.
- En un primer momento, las visitas se hacían a caballo, por senderos internos del predio de la familia Quezada, que hasta entonces usaba esa parte del campo para la cría de animales.
- En 2006, una antigua huella petrolera, vestigio de la actividad hidrocarburífera de la zona, permitió habilitar el acceso con camioneta y luego con maquinaria para acondicionar el camino.
- Hoy el ingreso principal permite llegar en vehículo hasta el pie del volcán, desde donde arranca la caminata por las dos cárcavas y la subida al mirador con vista hacia la laguna de Llancanelo.
La administración del acceso quedó en manos de los Quezada, que también capacitan a guías locales para acompañar a los visitantes. La propuesta, según me cuentan, es de medio día: una caminata accesible, la observación de las formaciones volcánicas y la vista del paisaje desde arriba. Antes de volver, me detengo un momento en el mirador, con el viento soplando fuerte y la laguna dibujándose a la distancia: es el mismo silencio del primer paso dentro de la primera cárcava, solo que ahora con el cielo abierto encima y la sensación de haber entendido, un poco mejor, la historia que cuentan estas paredes amarillas y negras del sur mendocino.
