268 escalones, cuatro continentes y una amistad que empuja más fuerte que cualquier montaña
Fletcher Crowley se fracturó dos vértebras a los 17 y hoy recorre el mundo con su amigo Lachie Bennett. La fórmula es simple: donde no llega la silla, llegan los brazos.
Me los imagino en Hong Kong, en ese punto donde el calor pega de frente y la transpiración se mezcla con la brisa del puerto, y Lachie Bennett se acomoda la mochila, ajusta las correas y carga sobre su espalda a Fletcher Crowley para empezar a subir, escalón por escalón, los 268 peldaños que separan la base del funicular del monasterio del Gran Buda, ese gigante de bronce sentado frente al mar que recibe a miles de turistas cada año pero que, para ellos dos, se transformó en una especie de altar de la obstinación, porque lo que en cualquier guía aparece como una visita obligada en se convirtió acá en una hazaña íntima y silenciosa, de esas que no se festejan con aplausos sino con la respiración entrecortada de dos amigos que se miran y saben que llegaron.
Lo cuento porque la historia de Fletcher y Lachie empieza mucho antes de esa foto improbable en la escalinata de Ngong Ping, en una sala común de un centro de recuperación para personas con lesiones medulares donde Lachie trabaja como terapeuta y donde, un día de turno nocturno, los dos terminaron cenando juntos y se dieron cuenta de que habían ido al mismo colegio, de que les gustaba la misma música, la misma ropa, la misma curiosidad por la gente que no conocían, y también, algo más profundo y más difícil de nombrar, de que los dos habían peleado alguna vez con la ansiedad y habían aprendido a ponerle nombre y horario a ese enemigo silencioso, así que cuando la charla pasó de la música a las heridas y de las heridas a los sueños, ya no había manera de volver atrás.
El viaje que arrancó casi sin querer
La idea original, me cuenta Lachie por teléfono desde Melbourne, era una escapada corta, dos semanas, nada más, pero un día les apareció en la pantalla una oferta de vuelta al mundo con múltiples escalas y el precio era demasiado tentador como para dejarla pasar, así que compraron los tickets sin pensarlo demasiado y después, con los boletos ya en el mail, se sentaron a armar el mapa: Hong Kong, Italia, Austria, Suiza, Países Bajos, Francia, España, Brasil y Sudáfrica, tres meses, cuatro continentes y una sola mochila grande donde guardaban la medicación, los cargadores, la ropa y, sobre todo, las ganas.
- En Hong Kong subieron los 268 escalones del Gran Buda, con Lachie cargando a Fletcher en la espalda.
- En Italia, Austria y Países Bajos improvisaron rutas cuando los accesos para silla de ruedas eran imposibles.
- En Suiza los alojó una familia que los seguía por redes y nunca los había visto en persona.
- En Francia durmieron en una capilla del siglo X cerca de Niza, invitados por un conocido.
- En Brasil recorrieron la selva en cuatriciclo por caminos de tierra y barro.
- En Sudáfrica hicieron safari, bucearon con tiburones y volaron en parapente sobre la costa.
“Puede requerir un poco más de planificación y a veces las cosas tardan más, pero encontramos la manera de que casi todo funcione.”Lachie Bennett, terapeuta y amigo de Fletcher
Porque acá viene la parte que a mí, como lectora y como cronista, me parece más honesta y a la vez más incómoda de contar: el mundo, tal como está construido, no está pensado para una persona que se mueve en silla de ruedas, y Fletcher lo sabe porque lo vive cada vez que quiere entrar a un baño, subir a un ómnibus, cruzar una vereda sin rampa o llegar a una playa sin pasarela, así que el lema que eligieron para presentar este viaje en las redes, El mundo no es accesible, nosotros lo somos, no es una frase marketinera ni un eslogan simpático para juntar likes, es la descripción cruda de lo que pasa cuando un cuerpo que puede ponerse de pie unos minutos y caminar apenas unos pasos antes de que el agotamiento lo tumbe decide, igual, subirse a un avión,plantarse en una selva brasileña y sentarse a ver tiburones a metros de la línea de costa en Ciudad del Cabo.
Y sin embargo, subrayo, la logística no siempre fue sencilla: hubo días en los que no encontraron un baño accesible, noches en las que hubo que cambiar el hotel a último momento y mañanas en las que Lachie terminó cargando a Fletcher en brazos por escaleras mecánicas apagadas o por pasillos demasiado angostos para la silla, pero aun así, cada vez que aparecen en un video con una sonrisa enorme y un mate en la mano, lo que se ve es a dos personas que eligieron no postergar la vida hasta que el mundo cambie, sino empezar a cambiarlo ellas mismas, viajando, mostrando,filmando y contando que las barreras están pero que la amistad, esa cosa antigua y simple, las empuja más fuerte que cualquier montaña.
Vuelvo a la escena inicial, a Hong Kong, a esos 268 escalones que Lachie subió con Fletcher encima mientras el bronce del Buda los miraba desde arriba: pienso que, si me dejan elegir una imagen para guardar de esta nota, elijo esa, porque resume todo lo que ellos quieren decir y todo lo que a mí, como lectora, me sigue costando escuchar, que no hace falta que el mundo sea perfecto para empezar a recorrerlo, sino que alcanza con encontrar a alguien que esté dispuesto a bancarte la espalda cuando el camino se empina, y a veces,mirando desde abajo, esa alguien es la única razón por la que uno llega arriba.
