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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuando decir que no se vuelve una deuda con uno mismo: claves para entender por qué cuesta tanto poner límites

La dificultad para marcar el propio límite o, en el otro extremo, la intolerancia a recibirlo, se construye temprano y puede trabajarse. Ansiedad, resentimiento y hasta dolores corporales son algunas de las huellas que deja esa falta de palabra. Una psicóloga especializada en vínculos explica de dónde viene y qué se puede hacer.

Por Delia ChocobarSociedad y comunidades · · hace 5 d
Cuando decir que no se vuelve una deuda con uno mismo: claves para entender por qué cuesta tanto poner límites

Me cuenta Ana, de 47 años, que cada vez que suena el teléfono y ve en la pantalla el nombre de su madre siente un peso en el estómago que todavía no sabe nombrar con exactitud, una mezcla de hartazgo y de culpa que le ocupa las tardes enteras y que termina, casi siempre, con ella diciendo que sí a algo que no quiere hacer, aceptando un plan que le modifica el humor o haciéndose cargo de un trámite que no le corresponde, y cuando corta la comunicación se queda mirando el techo del living preguntándose cómo es posible que a esta altura de la vida todavía no haya aprendido la operación más simple que existe, que es abrir la boca y decir que no, y entonces aparece la pregunta que vertebra todo lo que sigue, porque detrás de ese malabarismo cotidiano que parece menor hay mucho más que un carácter blandito o una mala costumbre, hay una historia que se empezó a escribir mucho antes de que Ana pudiera elegir nada.

De dónde viene un límite que no se aprende a poner

La psicóloga Mariana, que trabaja hace veinte años en un centro de salud mental de la ciudad de Buenos Aires, me recibe con una taza de té y una explicación que arranca lejos, en los primeros meses de vida, cuando el bebé todavía no distingue dónde termina él y empieza el otro, y necesita que alguien lo ayude a encontrar ese borde porque sin un afuera que diga basta no hay psiquismo posible, y enumera escenas de todos los días que parecen mínimas y que sin embargo son formativas, como el pecho que no siempre está disponible en el momento justo en que se lo desea, el no firme ante un borde de la cama o una hornalla encendida, la espera antes de la satisfacción inmediata, situaciones que en el momento se viven como pura frustración pero que después, mucho después, son las que permiten construir la diferencia entre el deseo y la realidad, y acá aparece la frase que ordena todo el resto de la conversación, porque la psicóloga Mariana la dice mirándome a los ojos y con una cadencia que parece sacada de un libro de psicoanálisis pero que suena, sobre todo, a verdad: el límite no es lo opuesto del amor, es una de sus formas más silenciosas y más necesarias.

Cuando ese proceso no se completa, aclara, aparecen dos patrones opuestos que son como dos caras de un mismo problema, y los dos son problemáticos a su manera aunque socialmente se perdone más a uno que al otro, y eso ya dice bastante.

Los dos patrones que aparecen cuando el límite no se construyó bien

  • El de quien no puede poner límites: suele haber aprendido temprano que el propio deseo molesta o que decir que no pone en riesgo el vínculo, así que de grande acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de lo que no le corresponde, y los costos son muy concretos, porque aparecen cuadros de ansiedad, un resentimiento que se acumula gota a gota y un cansancio que ningún descanso del mundo resuelve porque no es físico sino del alma, y con el paso del tiempo el cuerpo empieza a poner los límites que la persona no se animó a poner, y entonces aparecen dolores sin causa orgánica clara, insomnio y síntomas que brotan justo donde la palabra no llegó.
  • El de quien no tolera el límite ajeno: cualquier no se vive como una ofensa o un desafío personal, y la posición puede parecer fortaleza desde afuera pero responde, en realidad, a una imagen frágil de uno mismo que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro, así que las relaciones se organizan alrededor de su voluntad y eso, a mediano plazo, las termina vaciando de contenido afectivo.

Entre esos dos extremos, sigue la psicóloga Mariana, existe un punto medio que tampoco es fácil pero que es el que vale la pena construir, que es poder abrir la boca y decir que no sin que la culpa le coma la cabeza, y también poder escuchar un no ajeno sin sentirlo como una amenaza a la propia identidad, y aclara con honestidad que llegar hasta ahí tiene un costo real porque implica arriesgar el vínculo con alguien de quien se depende, ya sea por afecto o por plata, pero que ese costo casi siempre es más chico que el de las alternativas, que son el resentimiento crónico, el desgaste físico o las relaciones que se van vaciando en silencio.

Lo que se construyó se puede revisar

Lo más importante que me llevo de la charla, y lo que la psicóloga Mariana repite como si quisiera grabármelo en la frente, es que esto no es un rasgo inmodificable de carácter, no es un gen que cargamos para siempre ni una condena escrita en la partida de nacimiento, sino algo que se construyó en un momento puntual del desarrollo y que, cuando no se construyó bien, puede revisarse con un tratamiento adecuado que ofrezca el espacio para aprender a decir hasta acá sin sentir que se está traicionando al otro, y esa posibilidad, dice, es la mejor noticia que se puede llevar alguien que lleva años cargando un no en la garganta.

Cierro la tarde volviendo a Ana, que sigue mirando el techo después de cortar con la madre, y me quedo pensando que el próximo paso es suyo, no mío, y que de eso se trata justamente, de aprender que poner un límite no es dejar de querer sino empezar a quererse un poco más, aunque duela, aunque asuste, aunque el otro se enoje al otro lado del teléfono.

DC
Delia ChocobarSociedad y comunidades

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