Cuando el cielo se pone gris: la vitamina D baja del escenario y la consulta médica vuelve a escena
Días enteros de lluvia, nubes bajas y esa sensación de que el sol se tomó vacaciones. Un especialista explica quiénes deben mirar sus niveles de cerca y por qué no alcanza con automedicarse.
Son las siete de la tarde de un martes cualquiera en el barrio de Belgrano y la calle parece unacabada de apagar. La gente camina apurada, el asfalto está mojado y, en la vereda de la farmacia, una señora le pregunta a la empleada si le conviene arrancar con vitamina D ella misma, así, sin que nadie se lo haya pedido. Del otro lado del mostrador, la respuesta es la misma que repite desde hace meses cualquier farmacéutico de la ciudad de Buenos Aires: que pase primero por el consultorio, que el suplemento no es golosina y que el organismo, además, tiene sus propias reservas para atravesar jornadas sin sol.
En eso coincide, sin dudarlo, Ramiro Heredia, médico especialista en medicina interna de la Universidad de Buenos Aires. El especialista es tajante cuando se refiere al público general: los adultos sanos no deberían tomar suplementos de vitamina D sin una indicación profesional firmada por alguien que haya evaluado su historia clínica, sus análisis y su contexto.
Por qué el cuerpo no se queda sin vitamina D tras unos días nublados
La vitamina D se fabrica principalmente en la piel cuando recibe radiación ultravioleta B, esa que llega cuando el sol aparece sin filtro de nubes. También se la puede conseguir por la boca, a través de ciertos alimentos, pero para la mayoría de las personas el motor principal sigue siendo la síntesis cutánea, esa fábrica natural que se activa con la luz.
Ahora bien, las nubes no borran del mapa a los rayos ultravioletas, solo los filtran. Y el organismo guarda reservas que le permiten mantener valores razonables durante períodos de menor exposición, algo así como un colchoncito que amortigua los días grises. Por eso, una semana entera de lluvia no significa, necesariamente, que los niveles se hayan derrumbado.
Quiénes sí tienen que mirarla de cerca, según el especialista
- Adultos mayores, porque con los años la piel fabrica menos vitamina D y el riñón la activa peor.
- Personas con obesidad, ya que la vitamina D tiende a quedar secuestrada en el tejido adiposo.
- Pacientes con enfermedad celiaca, donde la absorción intestinal puede estar comprometida.
- Quienes pasaron por cirugías bariátricas, internaciones o cuadros críticos, situaciones que cambian el metabolismo.
- Personas con antecedentes de osteoporosis o fracturas, donde cada milímetro de hueso cuenta.
En todos estos casos, sostuvo Heredia, la decisión de pedir un análisis de sangre y de empezar un tratamiento depende del juicio clínico y del momento de cada paciente, no de un calendario ni de un paquete de pastillas comprado por internet.
El otro costado de la moneda: pasarse de dosis también hace daño
La vitamina D cumple un papel central en la absorción de calcio y fósforo, minerales que sostienen la arquitectura de los huesos. Cuando falta, puede aparecer osteomalacia en adultos, huesos frágiles y un riesgo más alto de fracturas; en chicos, una carencia marcada puede derivar en raquitismo, esa enfermedad que parecía desterrada y que en los consultorios todavía se vigila. Además, la vitamina D participa en el funcionamiento muscular y en la regulación del sistema inmunitario, así que su ausencia se nota en varios frentes a la vez.
Pero nada se resuelve a los golpes. Consumir vitamina D en cantidades elevadas puede provocar toxicidad, disparar el calcio en sangre y dañar la función renal, algo que en la Argentina se ve cada vez con más frecuencia por el consumo indiscriminado de suplementos. La dieta —y aquí entran los huevos, los pescados grasos como el salmón y la caballa, y los yogures fortificados— aporta una ayuda, pero por sí sola no alcanza cuando ya existe una deficiencia instalada. Frente a ese cuadro, lo que corresponde es un plan médico, con dosis ajustadas, y no un frasco elegido a ojo.
En la vereda de Belgrano la lluvia sigue cayendo y la señora de la farmacia se va con la receta de turno en la mano. Salió sin suplemento, pero con la indicación de pedir un turno y hacerse un análisis. Para Heredia, esa es, justamente, la película que quisiera ver repetida en cada rincón del país cuando el cielo se stubbornly se niega a abrir: gente que consulta, profesionales que evalúan y, sobre todo, nadie que se automedique pensando que el sol, ausente o presente, se reemplaza con una pastilla mágica.
