Cuando el crédito de la pantalla se convierte en una trampa: la pesadilla de las billeteras virtuales
Tasas que parecen usureras, letra chica que nadie lee y una deuda que se multiplica sola. Miles de argentinos caen en el espiral del financiamiento digital para gastos básicos y terminan atrapados en un laberinto del que pocos saben cómo salir. Organismos de defensa del consumidor ya reciben reclamos y lanzan advertencias concretas.
Son las nueve de la mañana en una oficina cualquiera de Neuquén y el teléfono de Fernando Schpoliansky no para de sonar. Del otro lado, vecinos angustiados que pidieron un préstamo chico en una billetera virtual para pagar la luz, el alquiler o la comida, y ahora deben el doble, el triple, sin saber cómo zafar. Yo lo escucho del otro lado de la línea y la escena me resulta tristísima, porque lo que empezó como una solución se transformó en un problema que les come el sueldo entero.
El escenario que describe Schpoliansky, secretario de Finanzas de la Municipalidad de Neuquén, se repite a lo largo y ancho del país. Las plataformas digitales de crédito, esas mismas aplicaciones que prometen dinero en minutos con unos pocos clics, crecieron de la mano de una necesidad cada vez más urgente: los salarios, las jubilaciones y los ingresos de los trabajadores independientes y de los pequeños comerciantes perdieron la carrera contra la inflación en los últimos años. Cuando el sueldo no alcanza, el celular aparece como una salida rápida, casi mágica.
Tasas que asustan y letra chica que nadie lee
Pablo Tomasini, titular de la Dirección de Protección al Consumidor, no tiene pelos en la lengua cuando describe lo que ve en su escritorio: tasas que él mismo califica como casi usureras para los ciudadanos y condiciones contractuales que, en muchos casos, no están escritas de forma clara. El mecanismo, me cuenta, es siempre el mismo y a mí me suena conocido: la pantalla te muestra una tasa razonable, pero la letra chica suma cargos y condiciones que el usuario no lee porque confió en lo primero que vio.
Fernando Schpoliansky lo resume con una frase que se me quedó grabada: Esa deuda que era pequeñita se te va haciendo cada vez más grande producto de los intereses. Cuando te querés acordar, tenés un lío bárbaro. La descripción me parece tan gráfica que casi la siento propia, porque detrás de cada número hay una familia que dejó de dormir.
El índice de morosidad en Argentina ronda el veinte por ciento, una cifra que quintuplica el promedio de los países vecinos de la región, que se mueven entre el cuatro y el cinco por ciento. La diferencia no es casual: habla de una economía que empuja a la gente a financiarse hasta para comprar alimentos y de un sistema que cobra caro por hacerlo.
“Esa deuda que era pequeñita se te va haciendo cada vez más grande producto de los intereses. Cuando te querés acordar, tenés un lío bárbaro.”Fernando Schpoliansky, secretario de Finanzas de la Municipalidad de Neuquén
Una salida concreta para quien ya se ahogó
Para los que ya cayeron, hay una alternativa concreta que vale la pena conocer: el Régimen Especial de Refinanciación de Deuda, que ofrece préstamos de hasta cincuenta millones de pesos con una tasa fija anual del treinta y cinco por ciento. Tomasini lo describe con una sinceridad que me conmueve: una tasa muy accesible, diría blandísima, pensada para que las familias puedan salir del ciclo de deuda a costo financiero sin que los intereses sigan acumulándose. Es, en definitiva, un salvavidas oficial para los que están hundiéndose.
- El Régimen Especial de Refinanciación de Deuda permite acceder a préstamos de hasta 50 millones de pesos.
- La tasa es fija, del 35% anual, sensiblemente más baja que la de las billeteras virtuales.
- Está pensado para que las familias puedan regularizar su situación y dejar de pagar intereses sobre intereses.
- Se tramita en organismos oficiales de defensa del consumidor y no requiere garantías especiales.
Cuando los llamados se vuelven acoso
Desde la Dirección que conduce Tomasini también llegan denuncias por hostigamiento. Si una empresa de cobranza llama de manera insistente, amenaza o propone condiciones que el deudor siente como abusivas, el funcionario me aclara con firmeza que esa conducta no está permitida. Y acá viene un dato clave que a mí me parece fundamental: quien sufre este tipo de acoso puede presentar capturas de pantalla como prueba para iniciar un reclamo formal. No hace falta aguantarse en silencio, aunque muchos lo hacen por vergüenza o por miedo.
El organismo interviene frente a los incumplimientos de las plataformas, pero Tomasini también apunta a la prevención, y en eso coincido plenamente: una vez que se sale de la deuda, lo más importante es no volver a financiar gastos cotidianos con billeteras virtuales, porque el riesgo de caer otra vez es real y el costo siempre termina siendo mucho más alto de lo que parecía en la pantalla.
Vuelvo a la escena del principio, a esa oficina de Neuquén donde el teléfono sigue sonando. Pienso que detrás de cada llamado hay alguien que confió en un número chico, que firmó sin leer, que ahora no puede dormir. Y me digo que la solución existe, que hay tasas accesibles, que hay organismos que reciben denuncias y que nadie tiene por qué quedarse solo en ese lío bárbaro del que habla Schpoliansky. Informarse, reclamar y buscar el camino oficial es, hoy por hoy, la única manera sensata de empezar a desarmar la trampa.
