Cuando el cuerpo se cansa de avisar: cómo reconocer que el estrés crónico ya se instaló sin hacer ruido
Despertares a las tres de la mañana, palabras que se evaporan a mitad de una frase y una paciencia que se acorta cada vez más pueden ser mucho más que una mala semana: señales de un estado de alerta sostenido que los especialistas empiezan a tratar como un problema en sí mismo y no como una simple consecuencia del trajín cotidiano.
Son las seis y media de la mañana en un departamento del barrio de Belgrano y Daniela, de 49 años, vuelve a abrir los ojos después de otra noche cortada en pedazos. No le duele nada, no tiene un motivo claro para estar despierta, pero el corazón ya le marca un ritmo que no corresponde con la hora. Se levanta igual, prepara el café, contesta los primeros mensajes del trabajo y, cuando quiere empezar a contarle a su hija cómo le fue en el colegio, se da cuenta de que perdió el hilo de lo que estaba diciendo a mitad de la frase. Hace un año, esto no le pasaba. Hoy es casi todos los días.
En el consultorio de la licenciada en Psicología Mariana Regueiro, en el centro de La Plata, aparecen cada vez más casos como el de Daniela: personas que siguen yendo a la oficina, contestando el teléfono y pagando las cuentas, pero que llegan a la sesión con un cansancio que no se explica por las horas dormidas ni por el esfuerzo físico. Lo que escuchan los profesionales es que la rutina sigue en pie mientras el cuerpo y la mente ya están operando al límite, y esa es justamente la trampa: la continuidad de lo cotidiano funciona como una señal engañosa que impide ver que algo se está desajustando de manera silenciosa.
La diferencia entre una semana exigente y un desgaste instalado
Porque hay una diferencia, y es importante marcarla, entre pasar una semana difícil y vivir en alerta permanente. La segunda situación es mucho más difícil de detectar, y por eso duele más: nadie se toma un día de reposo, nadie avisa en el trabajo, nadie se sienta a pensar qué le está pasando, porque por fuera todo parece estar funcionando con normalidad. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, conocidos por su sigla en inglés CDC, vienen advirtiendo hace tiempo que el estrés sostenido en el tiempo puede provocar dificultades para dormir, problemas para concentrarse, cambios de humor y una menor capacidad para tomar decisiones, y lo más delicado de todo es que estos síntomas no siempre aparecen juntos ni de forma evidente.
La mayoría de las veces, según coinciden los especialistas, se presentan dispersos: una persona se despierta a las tres de la mañana sin motivo aparente, otra olvida lo que iba a decir a mitad de una idea, otra reacciona con más intensidad de la habitual ante un contratiempo menor como un corte de luz o un mensaje mal interpretado. Tomadas por separado, estas señales parecen casi anécdotas; sumadas en el tiempo, empiezan a dibujar un patrón que conviene no dejar pasar.
Lo que dice la ciencia más reciente sobre cómo afecta al cerebro
Una revisión publicada este año en la revista Frontiers in Psychology repasó 45 revisiones y más de 2.000 estudios y encontró que las alteraciones del sueño y los problemas cognitivos, sobre todo en atención, memoria y funciones ejecutivas, aparecen de manera consistente en los cuadros de estrés crónico, lo que confirma que no se trata de una sensación subjetiva sino de un fenómeno con correlatos medibles. En la misma línea, otro estudio publicado en 2024 en la revista Neurobiology of Stress señaló que la exposición prolongada a situaciones de estrés puede afectar la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva y el control de la conducta, tres funciones que damos por sentadas hasta el día en que empezamos a notarlas fallar.
“El problema surge cuando la respuesta de estrés no logra apagarse. En ese punto, el cerebro deja de administrar bien recursos básicos como organizar, recordar, priorizar y responder con calma, tareas que empiezan a consumir más energía que antes.”Leah Doane, profesora de Psicología de Arizona State University
En el consultorio de Regueiro, lo que se busca es justamente eso: identificar el patrón antes de que se cronifique, porque cuando el sistema de alerta queda encendido durante semanas o meses el cuerpo empieza a pagar un precio que va más allá del cansancio. Dormir peor con el correr de los días, reaccionar cada vez con menos margen ante una frustración, perder la capacidad de disfrutar actividades que antes daban placer son algunas de las marcas que aparecen cuando el estrés dejó de ser una respuesta útil para convertirse en un estado permanente, y la recomendación de los profesionales es no esperar a que el cuerpo haga un paro forzoso para recién reconocerlo.
Daniela, en Belgrano, todavía no se sentó a escribir lo que le pasa, pero esta semana empezó a anotar en una agenda la hora en que se despierta, las cosas que olvida y los momentos en que siente que la paciencia se le termina antes de lo habitual. Es un paso pequeño, casi íntimo, pero es el mismo que recomiendan los especialistas: volver a registrar lo que nos pasa en el cuerpo es la manera más concreta de distinguir entre una semana pesada y un desgaste que, si se prolonga, empieza a comprometer la salud física y mental, que es justamente de lo que están hablando los CDC cuando ponen el foco en el estrés crónico como un problema que merece atención propia y no como una simple exageración de los tiempos que corren.
