Cuando la vista, el cuerpo o las creencias se alteran: por qué vale la pena consultar a tiempo
No hace falta tener un diagnóstico en la cabeza para pedir una evaluación. Señales como ver cosas que otros no ven, sentir que el entorno cambió de tamaño o sostener convicciones que afectan los vínculos cotidianos pueden tener causas muy distintas y todas requieren una mirada profesional.
En el consultorio de la doctora Mariana Espósito, en el barrio de Once, suele repetirse la misma escena: una persona llega con la certeza de que algo raro le está pasando, pero sin animarse a ponerlo en palabras. A veces dice que vio una figura en la esquina del pasillo, otras que siente que las paredes se le vienen encima, y otras que está convencida de que su pareja lo engaña sin tener una sola prueba. Lo primero que hace la médica, antes de cualquier definición, es sentarse a escuchar y aclarar que no hace falta tener un diagnóstico en la cabeza para pedir una evaluación.
Porque los cambios repentinos en la visión, las distorsiones persistentes del tamaño de los objetos o las sensaciones físicas sin explicación clara son, por sí mismos, motivos de consulta. También lo son las creencias firmes sobre la salud propia o sobre las personas cercanas, cuando generan un malestar intenso y empiezan a deteriorar los vínculos cotidianos. La regla de oro, coinciden los profesionales, es no quedarse en casa tratando de adivinar qué significa lo que se siente.
Tres experiencias que no son lo mismo
Para orientar esa primera conversación con el médico, importa distinguir experiencias que suelen mezclarse en el lenguaje de todos los días. Una distorsión modifica la percepción de algo que efectivamente existe, como cuando una persona siente que una habitación cambió de tamaño. Una alucinación, en cambio, supone percibir algo sin que haya un estímulo externo que lo produzca. Y un delirio es una creencia fija que se mantiene de manera inamovible aun cuando se le presentan pruebas en contrario.
Ver figuras que nadie más ve no indica, por sí solo, una enfermedad psiquiátrica. En el llamado síndrome de Charles Bonnet, personas con pérdida importante de visión pueden percibir imágenes complejas y, al mismo tiempo, reconocer que no son reales. En esos casos la evaluación contempla exámenes neurológicos y cognitivos y, cuando la presentación es atípica, se piden estudios de neuroimagen para descartar otras causas.
Algo similar ocurre con las alteraciones del tamaño aparente del cuerpo o del entorno, conocidas como síndrome de Alicia en el País de las Maravillas, que pueden modificar la percepción visual, corporal y temporal. Una revisión de 169 casos publicada en la literatura médica encontró que la migraña era la causa más frecuente en adultos, mientras que las encefalitis predominaban en menores de 18 años. La conclusión práctica es siempre la misma: hace falta contexto clínico para entender qué está pasando.
Cuando las creencias se vuelven un problema
Hay otro grupo de manifestaciones que comprometen las creencias sobre uno mismo o sobre los demás. Pueden incluir la convicción de no existir, de haberse transformado en un animal o de que una persona cercana fue reemplazada por un impostor. Estas experiencias requieren atención profesional y, sobre todo, no deben interpretarse como conductas voluntarias ni como caprichos. Del mismo modo, los celos delirantes no equivalen a los desacuerdos habituales de pareja: la persona los vive con una certeza que no se modifica con evidencia.
Y cuando alguien siente que tiene organismos caminando sobre la piel o debajo de ella, la evaluación médica debe descartar antes que nada una infestación real y otras causas físicas, como déficits vitamínicos, trastornos tiroideos, infecciones o consumo de sustancias. Recién después de descartar esos cuadros se puede pensar en un diagnóstico psiquiátrico primario, y el tratamiento depende de lo que el estudio minucioso vaya encontrando.
Volviendo a la sala de espera de la doctora Espósito, lo que más rescata de su rutina es un aprendizaje simple: preguntar a tiempo casi siempre abre más opciones que esperar. Pedir una consulta no es declarar que algo anda mal en la cabeza, sino hacerse cargo de que la vista, el cuerpo o las creencias cambiaron y de que ese cambio merece una mirada profesional, sin prisa y sin vergüenza.
