Dos pueblos silenciados detrás de cámara: cómo Castil de Carrias y Loranquillo se metieron adentro de La bola negra
Castil de Carrias y Loranquillo, dos aldeas fantasmas de la provincia de Burgos, se convirtieron en el escenario natural de las secuencias de la Guerra Civil que filman Javier Calvo y Javier Ambrossi. Ruinas auténticas, objetos sin retirar y años de abandono reemplazaron al decorado.
Hay una imagen que se repite cada vez que uno se cruza con el nombre de una película española que se está rodando: la de un camión de artefactos de iluminación estacionado en un camino de tierra, un grupo de técnicos con auriculares caminando entre paredes que ya no tienen techo y un director que mira una piedra como si fuera un plano entero. Esa postal, la del cine saliendo a buscarle la cara verdadera a la historia, es exactamente lo que viene ocurriendo desde fines de agosto en un rincón de Burgos que casi nadie tiene en el mapa.
Me refiero a Castil de Carrias y a Loranquillo, dos pueblos abandonados que el equipo de localizaciones de La bola negra eligió para rodar las escenas ambientadas en la Guerra Civil. La película, dirigida por Javier Calvo y Javier Ambrossi (los Javis, como se los conoce en el mundillo desde su explosión con Paquita Salas), necesitaba edificios parcialmente derruidos, polvo, hierros oxidados y ese aire de vida interrumpida que ningún plató de estudio puede fabricar en serie. Y vaya si lo encontraron: siglos de despoblamiento hicieron el trabajo sucio.
Castil de Carrias: un pueblo con historia desde el siglo XII y un solo habitante hasta 1994
La grabación comenzó el 25 de agosto de 2025 en Castil de Carrias, un antiguo núcleo rural a unos diez kilómetros de Belorado, con papeles firmados desde, por lo menos, el siglo XII. A mediados del siglo XIX llegó a tener más de 240 habitantes. Después, el país se vació hacia las ciudades, y el pueblo fue quedando en silencio: 178 personas en 1950, 59 en 1970, y un solo vecino empecinado en quedarse. Aquel último morador fue Florentino González Sáez, que falleció en 1994. A partir de ahí, el pueblo se convirtió en lo que es hoy: un escenario que el tiempo se olvidó de desmontar.
Quien se acerca todavía puede ver la iglesia de Santa María con marcas de expolio, una escuela abandonada, una taberna que todavía conserva botellas en los estantes, utensilios domésticos dejados a medio ordenar, vehículos comidos por el óxido y vegetación creciéndole entre las piedras. Para la película, todo eso vale oro: no hace falta envejecer paredes ni fabricar polvo, porque el polvo ya estaba ahí.
Loranquillo, la otra pieza del rompecabezas
A pocos kilómetros se levanta Loranquillo, otro núcleo despoblado que terminó integrado al municipio de Belorado en los años setenta y cuyos últimos vecinos se marcharon en la de los noventa. Entre los dos pueblos y Quintanilla se arma hoy una ruta de senderismo de 22 kilómetros, un paseo que recorre el mismo paisaje que las cámaras de La bola negra están usando para contar la guerra. Durante las jornadas de filmación, ambos pueblos permanecieron cerrados al público, para que el equipo pudiera moverse sin curiosos y para que las cosas abandonadas siguieran abandonadas un rato más.
“Lo que buscábamos no era solo la imagen de las ruinas, sino la sensación de una vida interrumpida, sin que nadie terminara de recoger sus cosas”Producción de La bola negra
La responsable de ese hallazgo fue Clara Salvador, la jefa de localizaciones de la película, que según se publicó se recorrió la provincia hasta dar con dos poblaciones que cumplieran con lo que el guion pedía: fachadas en estado de derrumbe controlado, edificios sin techo pero todavía estables, y esa textura que solo da el paso de los años. La cuestión práctica también es clave: rodar contra decorados de estudio implica construirlos y después destruirlos, con el costo que eso tiene. Aquí, en cambio, las paredes llegaban con sus propias cicatrices.
El equipo de Calvo y Ambrossi ya había pasado por Buenos Aires con La sociedad de la nieve, la adaptación con la que trabajaron en 2023 basada en el libro de Pablo Vierci, y se sabe que son directores a los que les gusta pisar el sitio antes que cualquier otra cosa. Para La bola negra, cuya historia gira en torno a la memoria, la violencia y lo que el tiempo borra, ese rigor se notaba en cada decisión de producción: usar pueblos reales no como capricho estético, sino como manera de sostener la emoción.
A mí, personalmente, esto me reconcilia un poco con una forma de rodar que en los últimos años se nos había ido de las manos, llena de sets digitales y fondos generados. Hay algo que solo existe en una pared que lleva décadas en pie sin que nadie la visite: una textura que ningún ordenador puede inventar, y un silencio que, cuando el director grita corte, sigue ahí. Y si esa película trata en serio sobre lo que el tiempo borra, qué mejor que rodar entre las cosas que ya fueron borradas y que, sin embargo, todavía se niegan a desaparecer del todo.
