«Fackham Hall»: cuando Downton Abbey se cruza con el humor de Jimmy Carr y termina en una mesa con cuerpo y sin torta
La comedia británica dirigida por Jim O'Hanlon toma las reglas del drama de época inglés, las lleva al absurdo y arma un enredo de casamientos frustrados, amores cruzados y un detective demasiado parecido a Poirot. Thomasin McKenzie, Tom Felton y Ben Radcliffe encabezan el reparto de una película que se ríe de la aristocracia y de sus propios manuales de etiqueta.
Imaginate la escena clásica: una sala enorme en una mansión inglesa, candelabros brillantes, un servicio impecable entrando y saliendo con bandejas de plata, y una familia de apellido ilustre acomodándose para tomar el té de la tarde. Ahora imaginá que, en vez de la solemnidad de siempre, alguien dejó un cuerpo sin dueño en medio de la sala, y que los lords y las ladies reaccionan como si lo más urgente fuera discutir si el mayordomo se olvida o no de servir las pastas. Eso, ni más ni menos, es lo que propone Un muerto a la hora del té, la película que en su idioma original se llama Fackham Hall y que llega para mezclar dos cosas que raramente van juntas: el drama de época británico más acartonado y la comedia más deliberadamente deschavada.
La historia arranca con un casamiento que se cae a último momento y arrastra consigo los planes de toda una familia. Los Davenport son una de esas casas aristocráticas que ya no tienen la billetera que tenían, pero conservan intacta la obsesión por casarse «como corresponde», o sea, entre primos, entre títulos, entre apellidos que se cruzan en el árbol genealógico. Cuando Poppy, la mayor de las hermanas, está a punto de pasar por el altar con Archibald, su primo, todo se complica: la boda se frustra y la presión por asegurar el futuro de la casa se traslada, como por arte de magia, a la hermana menor.
Amores que no respetan el apellido
Lo que sigue es un enredo de romances que cruzan todas las líneas sociales imaginables. Poppy, la rebelde de la familia, ama a alguien que no es precisamente el candidato que le aceptarían en la mesa familiar. Y Rose, la hermana menor, se enamora de un pibe que llega a la mansión nada menos que a entregar una carta y termina, por esas cosas del destino y del guion, contratado como parte del servicio. Es decir: la chica bien se prenda del chico que tendría que estar sirviéndole el té, no sentándose a la mesa. Esa diferencia de clase es uno de los motores centrales de la comedia, y la película la trabaja con un tono que va de lo absurdo a lo desopilante, sin pedirle permiso a nadie.
- Thomasin McKenzie como Rose, la hermana menor que carga con el peso del casamiento arreglado.
- Emma Laird como Poppy, la hermana mayor que prefiere desobedecer antes que decir que sí en el altar equivocado.
- Tom Felton como Archibald, el primo que queda esperando en la puerta de la iglesia.
- Ben Radcliffe como Eric Noone, el carterista que entra a la casa a entregar un mensaje y termina cambiándole la vida a más de uno.
Un detective con bigote, manías y un sospechoso para cada habitación
Como si los amores cruzados no alcanzaran, la película le suma un hilo detectivesco a cargo de Watt, un personaje al que Tom Goodman-Hill le pone el cuerpo y, sobre todo, los gestos. Watt es una parodia declarada de Hércules Poirot, el investigador que Agatha Christie construyó con obsesión por el orden, por los bigotes perfectamente dibujados y por las teorías que arma mientras ordena la sala del crimen. La película se divierte tomando esos tics y exagerándolos hasta el absurdo, en una investigación que convive con las peleas familiares y con las reglas de convivencia de la mansión, que son varias y bastante rígidas.
La dirección vuelve a poner a Jim O'Hanlon detrás de cámara, un director que ya había probado suerte con adaptaciones de literatura inglesa clásica, y el guion cuenta con Jimmy Carr, uno de los humoristas más filosos del stand up británico, como parte del equipo de guionistas. Esa combinación se nota: los chistes van desde juegos de palabras muy británicos hasta situaciones de comedia física bien armada, con escenas que llevan las formalidades de la vida en una mansión aristocrática directamente al ridículo más cariñoso. La ambientación, igual, no afloja: los decorados, la ropa, los pasillos, todo conserva la apariencia solemne de los dramas históricos. La gracia está, justamente, en que la solemnidad sigue intacta mientras los diálogos y las situaciones se desmoronan. Si te gustó la primera temporada de esa serie interminable que tenía a Maggie Smith diciendo improperios con cara de señora distinguida, esta película te va a resultar una pariente cercana: se ríe de lo mismo, pero con menos miramientos.
Después de pasar 97 minutos entre copas de jerez virtual, propuestas de casamiento que nadie quiere y un muerto que aparece en el momento menos indicado, lo que queda es una sensación bastante concreta: la de que la rigidez de la aristocracia inglesa es un blanco eterno para la comedia, y que cada tanto hace falta una película que se anime a empujarla un poco más allá de lo que el género histórico se permite. A mí, particularmente, me gusta cuando el humor elige ese tipo de blancos: no se ensaña con nadie, pero tampoco le pide permiso a la corona. Y «Fackham Hall» se da ese gusto con una sonrisa enorme, mientras el mayordomo intenta mantener la calma y la tetera se enfría sola.
