Hayato Date, el director que le dijo no al mundo para salvar a Naruto
El realizador japonés reconoció que existió presión internacional desde la primera conferencia de producción y decidió ignorarla: privilegió al público local y se negó a suavizar las armas blancas de la serie, una decisión que terminó dándole la razón.
Me imagino la sala de reuniones todavía con olor a café recalentado, mangas abiertas sobre la mesa y un mapa del mundo pinchado en la pared con banderitas de los países que ya le estaban pidiendo cosas a un dibujo animado que todavía no había salido al aire. Ahí, en ese clima, se cocinó una de las decisiones más sabias que recuerde la historia reciente del anime japonés: la de Hayato Date, director de la serie animada de Naruto, de plantarse firme y decirle que no a todo el ruido que venía de afuera para preservar la obra tal como la había pensado Masashi Kishimoto.
Una presión que ya se sentía antes del primer capítulo
Cuando arrancó la producción del anime, el manga de Kishimoto ya era un fenómeno que trascendía las librerías japonesas. A la conferencia de producción fueron periodistas de medios estadounidenses y de otros países, algo poco habitual para la época, lo que dejó en claro desde el arranque que Naruto no iba a ser un producto pensado únicamente para el público de su casa. Date lo admite sin vueltas y, en una presentación en Anime India, lo contó con una franqueza que ya quisiera para sí más de un ejecutivo de la industria cultural contemporánea.
“Para ser sinceros, cuando hicimos Naruto, incluso entonces, ya había una gran presión para hacer que la serie vendiese bien fuera de Japón. Simplemente no se puede crear algo si te estás preocupando constantemente sobre gustar a la audiencia extranjera.”Hayato Date, director del anime de Naruto
La frase es casi un manual de cómo encarar una creación artística en tiempos de globalización famélica, esa que quiere que todo se fabrique en serie para encajar en el menor denominador común de los mercados. En lugar de caer en esa trampa, el equipo se hizo una pregunta muy concreta antes de cada decisión: qué necesitaba la serie para funcionar en Japón. El resto, incluyendo las objeciones que llegaban por fax, mail o reunión consular, quedó automáticamente en un segundo plano.
- Prioridad absoluta del público japonés como filtro creativo.
- Rechazo de las quejas llegadas desde Estados Unidos por las armas blancas.
- Mantenimiento del uso de kunai y otras armas de filo como parte de la identidad de la serie.
- Decisión de no adaptar ni diluir el material original de Kishimoto.
El kunai como línea roja
Lo más jugoso del asunto, y lo que a mí me parece más revelador del carácter de este director, fue la pulseada que se mandó con el mercado norteamericano por el uso de armas de filo. Del otro lado del océano se quejaban de que los personajes infantilmente empuñaran kunai y otras armas cortopunzantes, un debate que ya en su momento sonaba conocido y que treinta años después seguimos teniendo con series, videojuegos y hasta con dibujitos para streaming. La respuesta de Date fue de esas que quedan para el anecdotario: si le sacás los kunai, dejó de ser Naruto. Así, sin anestesia. Y listo.
Esa postura, que en los papeles podía parecer un capricho de autor o un riesgo comercial enorme, terminó siendo avalada por los números y por el tiempo. Naruto se convirtió, junto a Dragon Ball y One Piece, en uno de los animes de mayor alcance global de las últimas décadas. O sea que la decisión de no rebajarse ante los mercados internacionales no sólo no lo condenó al ostracismo, sino que lo empujó a transformarse en un clásico instantáneo, ese que sobrevive al paso de las modas y al recambio generacional.
Mientras tanto, ahora que está en marcha una película en acción real dirigida por Destin Daniel Cretton, la mochila de la pregunta vuelve a aparecer en escena, como un fantasma simpático que se niega a irse: hasta dónde se adapta la obra y dónde se la deja respirar. Date construyó a Naruto desde la autenticidad de la fuente y le fue bien; los que vienen detrás tendrán que resolver si siguen ese surco o se mandan por la ruta del atajo.
Si me preguntan a mí, humilde cronista de estas movidas, les digo lo que siento: me emociona profundamente que exista un director con los pies plantados en la tierra de origen de su propia historia, capaz de soportar presiones descomunales sin traicionar ni una línea del papel del maestro Kishimoto. Es cierto que no todas las decisiones de creación pueden tomarse con esa lógica de soberanía artística, sobre todo cuando hay presupuestos enormes y contratos multinacionales de por medio, pero también es cierto que la experiencia de Date nos deja una enseñanza que trasciende el anime: cuando una obra se hace pensando primero en a todo el mundo, termina no a nadie. Naruto, en cambio, se hizo pensando en a su pueblo, y terminó al mundo entero.
