Parate en esa esquina de San Isidro: panchos de toda la vida desde hace casi 70 años
En Belgrano 92, a pasos de la estación, Coquito sigue sacando panchos de la misma casa desde 1955. Acá te cuento qué te vas a encontrar, cuánto sale y por qué vale la pena buscarlo.
Si alguna vez te bajaste en la estación de San Isidro con hambre y sin tiempo para sentarte a una mesa, probablemente terminaste parado frente al mostrador de Coquito. Te lo digo de entrada: este local no necesita más de veinte metros cuadrados para dejarte conforme. Funciona desde 1955, está atendido por las mismas dos familias fundadoras y se ganó un lugar propio entre los que gustan de comer al paso sin complicarse.
Te ubico rápido: queda en General Manuel Belgrano 92, muy cerca de la estación de San Isidro. El espacio es chiquito, apenas cuatro banquetas contra la pared, así que la mayoría termina comiendo parado, apoyado en una barra que da a la calle. Eso no es un defecto, es parte del ritual. Abrís la puerta, pedís, te lo entregan y listo. Más simple, imposible.
Qué sirven y cuánto sale
La carta es corta y a la vez. Panchos medianos con distintos aderezos, de esos que no se hacen lío, y algunas bebidas. El clásico sale cinco mil pesos, y vale aclarar algo: no hay papas fritas, ni como guarnición ni para coronar el pancho. Quien busque papas, tendrá que buscarlas en otro lado. Entre los aderezos aparecen mostaza, mayonesa, kétchup y salsa golf, más algunas incorporaciones más modernas como mostaza con miel, alioli y sriracha. A mí, personalmente, me gusta la clásica mostaza con mayonesa, pero la combinación con miel es de esas que te hacen levantar la ceja.
El pan y la salchicha, dos personajes
Algo que me llamó la atención cuando lo visité es el cuidado que tienen con el pan. Lo hacen en una panadería de Acassuso, con receta y tamaño ajustados a lo que ellos necesitan. Antes de armarlo, lo calientan a baño maría para que el vapor lo humedezca y quede así blandito, sin pasarse. La salchicha, en tanto, tiene piel y es estilo alemán; llega pasteurizada y solo le dan un breve baño de calor antes de armar el pancho. El resultado es un bocado consistente, que no se desarma y conserva el sabor.
Otra perlita: si vas con amigos y pedís varios panchos, te los entregan en tandas para que no se enfríen. Eso me parece un detalle que habla bien de la gente que lo maneja.
Una historia que sigue en las mismas manos
El negocio arrancó en 1955, cuando Gustavo Grandinetti y Atilio Rubini decidieron asociarse y armar el puesto. Casi setenta años después, las dos familias siguen al frente del local. Atienden Javier y Adrián Rubini, con presencia ya de la cuarta generación. Tuvieron la posibilidad de tomar el local de al lado para agrandarse, pero prefirieron conservar las medidas originales. Esa decisión dice mucho: Coquito es tal como fue siempre, y a la gente que lo quiere así no le hace falta más.
El público se reparte entre vecinos que volvieron de grandes —vienen desde hace décadas, algunos desde la infancia— y visitantes del sur y del oeste del conurbano, que conocieron el lugar por las redes sociales. Los sábados, cuando la cuadra se vuelve peatonal, la actividad se multiplica. Y en las fechas fuertes, el 23 y el 24 de diciembre, pueden llegar a despachar 1.700 panchos en un día. Ahí conviene armarse de paciencia, o llegar temprano.
Cómo llegar desde Capital: tomá el ramal Mitre dirección José León Suárez hasta la estación San Isidro. Salís por la salida principal, caminás dos cuadras y ya estás viendo la gente parada en la vereda. Si viajás en auto, la zona suele congestionarse los sábados; recomiendo dejarlo unas pocas cuadras y caminar.
Si te tinca una escapada corta desde la ciudad, te recomiendo sumarle una recorrida por las casas de antigüedades y los bares de la calle Belgrano, y darte una vuelta por el casco histórico. Coquito puede ser la parada inicial o la final del paseo.
Sobre la mejor época: yo iría sin dudarlo un sábado por la mañana, con la calle Belgrano cortada, antes de que se acerque el mediodía. La atmósfera cambia, el local se llena y se respira algo de esa Buenos Aires que a veces uno cree perdida.
Una sola pregunta te dejo, la que no me la saco de la cabeza desde que fui: con qué bebida acompañás un pancho al paso. Porque ahí se ve la personalidad de cada uno.
