Siete años en el Tíbet, la película de Brad Pitt que incomodó a China y aún resuena en la memoria del cine de los noventa
La historia de Heinrich Harrer une aventura, cautiverio y el vínculo inesperado con el Dalai Lama. Repasamos su argumento, su impacto internacional y las sanciones que todavía forman parte de su leyenda.
Lo confieso: cada vez que pienso en Siete años en el Tíbet me vuelve a la cabeza esa imagen inicial, casi hipnótica, de las montañas del Himalaya bañadas por una luz tan limpia que parece inventada, y de Brad Pitt caminando como si el mundo todavía fuera suyo, con esa arrogancia suya de alpinista europeo de los años treinta que todavía no sabe lo que le espera del otro lado de la cordillera. La película de Jean-Jacques Annaud, estrenada en 1997, sigue siendo una de esas aventuras que mezclan el vértigo físico con un viaje mucho más íntimo, y por eso me gusta volver a ella cada tanto, porque nunca termina de contarse del todo.
El punto de partida ya es una declaración de principios: Heinrich Harrer, interpretado por Pitt, es un alpinista de élite que en 1939 se separa de su esposa, que está esperando un hijo, para sumarse a una expedición al Himalaya. La idea es regresar convertido en héroe de la montaña, pero el comienzo de la Segunda Guerra Mundial arruina todos los planes: Harrer queda prisionero y lo que tenía que ser una aventura deportiva se transforma en un capítulo mucho más oscuro, donde el cautiverio pasa a ocupar el centro de la experiencia.
Del cautiverio al Palacio de Potala
Después de años detenido, Harrer consigue escapar y emprende un recorrido largo y agotador que lo lleva hasta la residencia del Dalai Lama, todavía un niño en aquel entonces. Ahí la película cambia de registro: deja atrás el tono de aventura pura y empieza a ocuparse de la amistad entre el alpinista austríaco y el líder espiritual tibetano. Annaud se toma su tiempo para mostrar cómo ese vínculo modifica la mirada del protagonista y lo corre del eje de ego y competencia que traía desde Europa.
En paralelo, el relato incorpora el avance militar chino sobre el Tíbet, un contexto histórico que le da peso político a la historia y que, como vamos a ver, terminó saliendo de la pantalla para instalarse en la vida real de los responsables de la película.
Las consecuencias fuera de la pantalla
- En 1997, China prohibió el estreno de películas de Sony, la distribuidora del filme, y la restricción se mantuvo durante todo ese año.
- Brad Pitt y Jean-Jacques Annaud fueron sancionados con prohibiciones de ingreso al país que en principio se fijaron de forma permanente.
- Annaud pudo regresar a China en 2012 y luego filmó allí la película El último lobo.
- Pitt recién consiguió entrar nuevamente en 2014, casi dos décadas después del estreno.
Me parece que esa represalia es la que terminó dándole a Siete años en el Tíbet un lugar especial en la memoria de los espectadores: la película dejó de ser solo un film de aventuras para convertirse también en un caso de tensión diplomática, con Hollywood metido de lleno en una discusión que todavía hoy se discute cada vez que se repasa la relación entre la industria del cine y el gobierno chino.
Si me preguntan a mí, y ya que estamos en confianza, lo que más me sigue conmoviendo de esta historia no es la hazaña alpina en sí, que es impactante y está filmada con una paciencia que hoy casi no se ve, sino el momento en que Harrer empieza a entender que su vida anterior ya no le alcanza, y que ese chico tibetano, tan pequeño y tan sereno, le termina enseñando algo que ningún Himalaya le podía dar. Por eso, aunque pasaron casi treinta años desde su estreno, Siete años en el Tíbet sigue mereciendo esa sobremesa larga en la que uno vuelve a discutir si el viaje más importante de Harrer fue el de la montaña o el del corazón.
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