Cuando el cuerpo habla antes que la boca: la crisis silenciosa de las infancias argentinas
Chicos que no duermen, que se lastiman o que se pierden en las aulas dibujan un mapa de padecimientos que el sistema de salud, educación y justicia no logra contener. Profesionales y familias describen una demanda que crece mientras las respuestas se fragmentan y los tiempos se agotan.
En el aula de una escuela primaria del conurbano bonaerense, una maestra de primer grado, María, me cuenta con la voz todavía cargada de incredulidad que el año pasado le llegó un nene de seis años que se lastimaba los brazos con la punta del compás durante los recreos; hoy, al conversar con su familia, se enteró de que ese chico llevaba meses escuchando gritos y golpes del otro lado de la puerta del departamento donde vive con su mamá, y que nadie —ni la escuela anterior, ni el centro de salud, ni el juzgado de familia— había podido escribir una historia clínica mínimamente coherente sobre lo que le pasaba. Esa escena, que se repite en patios, consultorios y guardias deCapital y del Gran Buenos Aires, es la puerta de entrada a una crisis que los números apenasan y que, sobre todo, se siente: una crisis de salud mental infantil que se despliega en silencio mientras los pibes llegan a las instituciones con el cuerpo y la conducta como único lenguaje disponible.
Síntomas que se multiplican y un sistema que no alcanza
Lo que llegan a ver las maestras como María, los pediatras y los equipos de guardia es un patrón que se repite y se ensancha: chicos y chicas que no pueden dormir, que dejaron de comer o que comen de manera compulsiva, que se aíslan del grupo, que se marcan el cuerpo con objetos punzantes o que, en los casos más extremos, expresan que no quieren seguir viviendo. Detrás de cada uno de esos síntomas hay una historia que, en muchísimos casos, tardó años en encontrar a alguien dispuesto a escucharla, y eso explica por qué la demanda explota cuando finalmente toca una puerta.
Violencias que cargan en silencio desde la infancia
La violencia es el corazón del cuadro. Las estimaciones de UNICEF indican que una de cada ocho niñas y mujeres sufrió una violación o una agresión sexual antes de cumplir los dieciocho años; entre los varones, la proporción baja a uno de cada once. Buena parte de esas experiencias permanece silenciada simplemente porque nunca encontró un interlocutor válido, y sus efectos sobre la salud mental pueden extenderse durante toda la vida adulta. A eso se suman maltratos cotidianos, negligencia y humillaciones que pocas veces quedan registrados en algún expediente, pero que van horadando la confianza que cualquier chico necesita para aprender, jugar y dormir sin sobresaltos.
Pantallas, apuestas y un refugio que también lastima
Las plataformas digitales le agregaron a ese mapa una dimensión nueva y bastante más reciente. Chicos y adolescentes quedan expuestos a contenidos sexuales no deseados, a publicidades de apuestas y a material que promueve conductas de riesgo que no distinguen entre un espectador de diez años y uno de treinta. Según datos de UNICEF, uno de cada cuatro adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez, y eso no puede leerse como un dato aislado: el uso intensivo de pantallas, en muchos casos, funciona como refugio ante soledades que no tienen otro lugar adonde ir, y a la vez alimenta la incertidumbre de familias y docentes que sienten que les está ganando la pulseada.
“Yo a veces siento que estoy remando en una pileta vacía: los pibes me llegan con todo encima y yo tengo treinta minutos por chico.”Laura, psicóloga infantil en un centro de salud de La Matanza
Aprender se vuelve cuesta arriba cuando la energía está puesta en sobrevivir
Los resultados de las pruebas PISA 2025 suman una señal más a ese rompecabezas. Casi ocho de cada diez estudiantes argentinos de quince años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de seis de cada diez tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias. Aprender exige atención sostenida, confianza básica y una capacidad de tolerar la frustración que se construyen de a poco, y esos recursos se agotan rápido cuando la energía psíquica de un chico está puesta en sobrevivir al hambre, a la violencia o al abandono, que son exactamente las condiciones que muchas infancias atravesadas por esta crisis están cargando en silencio.
La fragmentación que deja a los pibes en el medio
Cuando una familia finalmente advierte que algo está mal y pide ayuda, puede encontrarse con servicios saturados, con falta de profesionales especializados y con tiempos de espera que convierten una señal temprana en una urgencia desbordada. La atención suele llegar fragmentada, repartida en pedazos que no se comunican entre sí: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital recibe el síntoma agudo, la justicia recibe la infracción o la denuncia, y el chico, en el medio, puede perderse como persona dentro de un circuito de informes, entrevistas e intervenciones que rara vez se articulan con un nombre y un apellido que lo contenga.
Salgo de la escuela de María y me cruzo con una mamá que me reconoce la cobertura del tema y me cuenta, casi en un susurro, que su hija de doce años lleva ocho meses esperando un turno en el servicio de salud mental del hospital público más cercano de Avellaneda, y que mientras tanto la nena duerme con la luz encendida y se muerde las uñas hasta hacérselas sangrar. Esa imagen, mínima y cotidiana, es la que mejor resume lo que estamos contando: la infancia argentina está hablando con el cuerpo, con el sueño, con los brazos lastimados, con el hambre y con el silencio, y lo está haciendo en un momento en el que las respuestas institucionales llegan tarde, llegan a medias o directamente no llegan. Revertir esa tendencia exige, como mínimo, reconocer que la salud mental infantil no puede seguir siendo la hermana pobre del presupuesto ni el tema incómodo que se esquiva en las reuniones de gestión, y que cada chico que hoy espera un turno es alguien a que todavía le podemos cambiar la historia si decidimos escucharlo a tiempo.
