Cuando el guionista se queda solo con el volante: el regreso de Sorkin al universo Zuckerberg y por qué esta vez la maniobra no cierra
Aaron Sorkin vuelve a meterse en la piel de Mark Zuckerberg con "El precio de la red", secuela de "La red social", pero la decisión de dirigir su propio guión deja a la vista los mismos tropiezos que arrastra desde hace años.
Me acuerdo de la primera vez que vi "La red social" en una sala de Buenos Aires, en 2010, con el aire todavía cargado de debate sobre Facebook y con esa sensación, bastante infrecuente, de estar frente a un guión que sonaba como si alguien lo estuviera declamando en una mesa de bar a las tres de la mañana. Aaron Sorkin había escrito esa película, pero la había dirigido David Fincher, y esa combinación explicaba bastante del milagro: un texto eléctrico, de frases que parecían escaparse de la página, puesto en escena con una frialdad casi de relojo. A más de una década de aquello, Sorkin vuelve a ese mismo universo con "El precio de la red", y lo hace en una doble condición que no había explorado del todo hasta ahora: la de autor total del proyecto.
La expectativa, claro, estaba. "El precio de la red" llega como continuación espiritual de "La red social" y, según la crítica internacional que se hizo eco del estreno, arrastra también el ADN de "The Newsroom", la serie en la que Sorkin intentó retratar el periodismo estadounidense con su famoso martillo de moralista, y de un proyecto sobre el 6 de enero que el guionista viene acariciando desde hace años sin encontrar todavía cómo financiarlo. Es decir: no es un capricho, es una zona de obsesiones que Sorkin conoce de memoria.
El problema no es el guión, es quién lo dirige
Porque el problema central, coinciden varios comentaristas, no está en la página escrita sino en la butaca del director. Sorkin tiene un historial bastante desparejo cuando se pone detrás de cámara. "Molly's Game" fue recibida con una cierta benevolencia, casi de premio consuelo: estaba bien, pero no era nada que no se hubiera imaginado mejor. Los trabajos posteriores confirmaron lo que muchos sospechaban: sus textos funcionan mejor cuando otro director los pone en caja. David Fincher en "La red social", Danny Boyle en "Steve Jobs" y Rob Reiner en "Algunos hombres buenos" supieron leer el ritmo interno de esos diálogos y, sobre todo, podarlos cuando la elocuencia empezaba a comerse la escena.
- La cámara de Fincher en "La red social" le daba a los parlamentos de Sorkin un contrapeso de silencios y de gestos que los hacía verosímiles.
- Danny Boyle en "Steve Jobs" ordenó la estructura temporal del guión de Sorkin para que la brillantez del texto no quedara flotando en el aire.
- Rob Reiner en "Algunos hombres buenos" convirtió los soliloquios courtroom en algo que un jurado, no sólo un público ilustrado, podía seguir.
Sin esa tensión externa, "El precio de la red" muestra lo que pasa cuando el guionista tiene el control total. Hay secuencias largas de diálogo que existen, sobre todo, porque suenan bien leídas en voz alta, incluso cuando en pantalla no están pasando grandes cosas. Los interiores presentan problemas de iluminación bastante notorios, algo llamativo si se tiene en cuenta que el director de fotografía de "El precio de la red" es el mismo que trabajó en "La red social", así que no es un problema de oficio y del escaso tiempo. No hay urgencia en el montaje, ni una imagen que trascienda lo puramente funcional. La película se ve, pero no se siente observada.
Una frase que es casi un autorretrato
Hay un momento, de hecho, donde la propia película parece hacerse cargo del diagnóstico. El personaje que interpreta Bill Burr suelta una línea, ya adelantada en los tráileres, que condensa la crítica mejor que cualquier reseñas: Sorkin es, según esa frase, un guardia de tráfico con los brazos caídos mientras los autos derrapan y atropellan todo. Es una imagen muy fuerte, casi un chiste cruel, y loNotable es que la película la incluya sin terminar de desmontarla. Es como si Sorkin supiera lo que se dice de él y, al mismo tiempo, no pudiera dejar de ser Sorkin.
Ahora bien, ¿coincido con esa lectura? En parte sí, y en parte creo que conviene no caer en la tentación de la lectura fácil. Es verdad que los mejores trabajos de Sorkin como guionista llegaron cuando otro director le puso límites, pero también es verdad que, sin ese control total que hoy ejerce, no existirían los mejores momentos de "Molly's Game" ni la decisión de volver a Zuckerberg cuando nadie se lo pedía. Sorkin necesita un editor, sí, pero también necesita que alguien le diga que sí. Lo que muestra "El precio de la red" es algo que en el fondo sabíamos: que los genios de la palabra escrita no siempre saben cuándo dejar de hablar, y que el cine, a diferencia del teatro, no tolera bien esos excesos. Veremos si alguien, en algún momento, vuelve a ayudarlo a frenar.
