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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Una madre, un padre, un hijo y una visitante que desarma todo sin querer: llega "Amaru" al Picadero

Andrea Garrote escribe y protagoniza esta comedia de 80 minutos donde una familia de clase media ilustrada discute sobre adjetivos mientras esquiva lo que de verdad le pasa. Los domingos a las 18 en el Teatro Picadero.

Por Ana Paula AráozCultura y espectáculos · · hace 31 d
Una madre, un padre, un hijo y una visitante que desarma todo sin querer: llega "Amaru" al Picadero

Lo confieso de arranque: cuando me senté en la butaca del Picadero todavía estaba masticando los ruidos de la calle, elBondi que me dejó a dos cuadras y el olor a café del bar de la esquina. Pero en cuanto se levantó el telón y escuché a esa madre corregir el uso de un adverbio con la misma energía con la que otras familias discuten por la cuenta de la luz, supe que iba a pasar un buen rato. Y vaya si lo pasé.

Se llama "Amaru" y es la nueva comedia de Andrea Garrote, una autora a la que el público porteño ya conoce por su monólogo "Pundonor", de 2018. Aquella era una pieza más introspectiva, casi un one woman show de humor filoso; esta vez Garrote vuelve a las tablas rodeada de tres compañeros y firma un texto que es, ante todo, una comedia con mayúsculas. Ochenta minutos que se sienten como veinte, que se ríen en voz alta y que dejan, también, una pequeña punzada en el pecho.

Una familia que sabe de todo, menos hablar de lo que importa

La historia arranca con una situación bien reconocible para cualquiera que haya cenado alguna vez en casa de tíos o suegros: una madre, un padre y un hijo adulto que conviven en un universo donde discutir si conviene decir "perimétrica" o "perimetral" puede durar más que cualquier conversación sobre lo que realmente les pasa. Son cultos, son verborrágicos y, en el fondo, están bastante perdidos. Esa es la puerta de entrada que elige Garrote para que el público se acomode, se ría de sí mismo y, de a poco, vaya entendiendo que esa casa no es tan distinta de la suya.

Hasta que una noche el hijo, Lucas, trae a su novia a cenar. Se llama Amaru, que en quechua significa serpiente sagrada, y apenas cruza la puerta el equilibrio frágil de la familia empieza a crujir. No es que ella venga a provocar nada, aclaremos: lo provoca todo sin proponérselo. Propone pactos sobre el uso de pantallas, tiene una relación distinta con el tiempo y trae consigo algo que en esa casa nunca había tenido lugar: contacto afectivo. Un abrazo a tiempo, una palabra dicha sin ironía, una caricia. Lo más revolucionario de todo.

El elenco y la puesta

  • Andrea Garrote interpreta a Mariel, la madre, y lleva el personaje al extremo con una precisión cómica que no sacrifica la emoción.
  • Marcos Ferrante compone al padre en plena crisis de mediana edad, con un timing cómico que sorprende escena a escena.
  • Julián Cnochaert, como el hijo Lucas, alterna el humor con la ternura de manera casi imperceptible.
  • Fiamma Carranza Macchi da vida a Amaru con una presencia que genera tanto encanto como inquietud, sin necesidad de levantar nunca la voz.

La dirección, que Garrote comparte con Carolina Stegmayer, sostiene el ritmo sin pisar las actuaciones, y la escenografía minimalista de Santiago Badillo resuelve con elegancia el desafio de mostrar una casa entera en apenas unos metros de escenario: niveles que suben y bajan, plataformas que se reacomodan y acompañan la dinámica de poder entre los personajes, porque en esta familia las jerarquías se negocian tanto como las palabras.

Una comedia con humor sostenido y un guiño fantástico

Lo aclaro porque a veces uno llega a ver una obra con la etiqueta de comedia y termina sentado frente a un dramón con algún chistoso de tanto en tanto. No es el caso. "Amaru" se ríe de principio a fin, con humor sostenido y construido en capas: hay carcajada, sí, pero también incomodidad reconocible, esa sonrisa que se nos escapa cuando nos damos cuenta de que algo de esa dinámica nos suena demasiado cerca. Y en el tramo final se permite incorporar un elemento fantástico que no desentona, al revés: le da al cuento una última vuelta de tuerca sin traicionar el tono.

Después de verla, me fui caminando por el pasaje Discépolo pensando en algo que la propia obra parece sugerirnos: cuántas veces usamos las palabras como escudo, cuántas veces una discusión sobre el significado justo de un adjetivo es, en realidad, una forma elegante de callar lo que nos cuesta decir. A mí, te lo juro, me pasó. Y creo que a más de uno de los que llenó la sala este domingo también.

AP
Ana Paula AráozCultura y espectáculos

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